Aristoteles en Macondo

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    EN UN TRABAJO ANTERIOR, propona realizar un breve ejercicio fic-cional con el objeto de clarificar la situacin actual de la democracia en Amrica Latina (Boron, 2006). Dicha propuesta tena como supuesto la insatisfaccin predominante por el decepcionante desempeo de los (mal) llamados gobiernos democrticos de la regin, que no slo estaban dete-riorando seriamente la legitimidad de esos regmenes polticos sino, ms grave an, minando la valoracin popular de la propia idea democrtica como un modelo ideal de organizacin de la vida poltica y social.

    El rEtorno dE AristtElEsEl ejercicio, que no pude sino esbozar en el artculo de la Socialist Regis-ter 2006 y que deseo exponer ahora en todos sus detalles, consista en lo siguiente: imaginemos que los grandes avances en la biologa y la bioin-geniera nos permitieran regresar a Aristteles al mundo de los vivos y, ms concretamente, a esta gigantesca Macondo en que se ha convertido

    Atilio A. Boron*

    Aristteles en Macondo: notas sobre el fetichismo democrtico

    en Amrica Latina

    * Investigador Principal del CONICET. Profesor Titular de Teora Poltica, Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires. Director del Programa Latinoame-ricano de Formacin en Ciencias Sociales del Centro Cultural de la Cooperacin, Buenos Aires, Argentina. El autor agradece los comentarios de Alejandra Ciriza, Fernando Liz-rraga, Miguel Rossi y Toms Varnagy a una primera versin de este trabajo.

    El presente artculo ha sido publicado en el libro

    Hoyos Vsquez, Guillermo (comp.) 2007 Filosofa y teoras polticas entre la crrica y la utopa (Buenos Aires: CLACSO) pp 49-67

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    Amrica Latina. Admiradores de su talento y sus extraordinarios logros en los ms diversos campos del saber recordemos que Marx lo describi como la cabeza ms luminosa del mundo antiguo, los integrantes del Grupo de Trabajo de CLACSO sobre Filosofa Poltica lo recibiramos con gran entusiasmo y, preocupados por descifrar la situacin poltica imperante en Amrica Latina, le pediramos que nos ayudara a exami-nar la naturaleza de las as llamadas democracias latinoamericanas. Uno de los nuestros le formulara una peticin, ms o menos, en los siguientes trminos: Maestro, usted que elabor la primera gran tipo-loga de los regmenes polticos, perfeccionando la que haba propuesto Platn en Repblica, y teniendo en cuenta que la suya ha llegado hasta nuestros das como el paradigma insuperable de la taxonoma poltica, cmo evala a las democracias de Amrica Latina?.

    Fiel a sus cnones metodolgicos, el Estagirita recopilara pro-lijamente los datos fundamentales de nuestras sociedades, economas y estados, examinara comparativamente las semejanzas y diferencias entre ellos y, seguramente, luego de manifestar su perplejidad ante nuestra pregunta redundante segn su parecer ante lo obvio de la si-tuacin dira que su conclusin irrefutable es que tales regmenes pue-den ser cualquier cosa menos democracias. No olviden que, tal como lo escrib en mi Poltica, la democracia nos dira ya con un ligero tono de reproche es el gobierno de los ms, de las grandes mayoras, en beneficio de los pobres, que en todas las sociedades conocidas, no por casualidad sino por razones estructurales, siempre son mayora. As era en mi tiempo, y aunque abrigaba la esperanza de que tal cosa pudiera ser superada con el paso de los siglos, veo con mucha desilusin que lo que pareca ser una desgracia del mundo griego reaparece, con rasgos an ms acusados y escandalosos, en la sociedad actual, llegando a ex-tremos jams vistos en mi poca.

    Un silencio sepulcral descendi sobre los politlogos y cientficos sociales all reunidos. Nada menos que l, el padre fundador de la ciencia poltica, inmortalizado por Rafael en aquel famoso cuadro en que se lo representa conversando animadamente con Platn saliendo de la Academia, con su mano sealando enfticamente el suelo al paso que su maestro, fundador a su vez de la filosofa poltica, eleva un dedo hacia los cielos, lugar donde se encuentran las ideas eternas de lo justo, lo bello y lo bueno, entre tantas otras. Uno de los expectantes, con el rostro demudado ante el derrumbe de las arraigadas convicciones teri-cas alimentadas en las agotadoras jornadas de su doctorado en ciencia poltica con la interminable seguidilla de papers sobre temas que no le interesaban, el suplicio de los exmenes omni-comprensivos, la lucha para constituir el comit de tesis, las dificultades infinitas con su tutor y sus ideas, etc. apenas alcanz a balbucear, con un hilo de voz, lo que

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    pareca ser una poco convincente protesta: Pero, Maestro: las eleccio-nes peridicas, el sufragio universal, no son acaso signos inequvocos de que estamos en presencia de una democracia? No sern como las que usted conoci en la Atenas de Pericles, pero . El Filsofo se vol-vi rpidamente hacia el escptico, al que mir de arriba abajo con un gesto de indisimulada sorpresa, y le dijo: S. Tienen elecciones y sufra-gio universal; veo que hacen costosas campaas polticas; pero hay que tener siempre presente una distincin, que por lo visto sus maestros en el doctorado dejaron de hacer, entre esencia y apariencia. La esen-cia de la democracia es la que expliqu antes: gobiernos de los ms en provecho de los pobres. Las apariencias de la democracia, elecciones libres, sufragio universal, imperio del derecho, entre otras, pueden o no corresponder a la esencia, pero por lo general estn muy media-tizadas y por eso resultan engaosas. No existe una correspondencia directa y unvoca entre esencia y apariencia, y mucho menos en esta sociedad que ustedes llaman capitalista, en donde la deshumanizacin ha llegado a un punto inimaginable no slo entre los griegos sino entre los brbaros, con el trabajo humano, la tierra y los bienes de la natura-leza convertidos en mercanca, algo que slo cabe en la cabeza del ms rapaz e insolente de nuestros mercaderes y usureros. Tal como lo hizo notar a mediados del siglo XIX un genial jovencito alemn, nacido en Trveris, toda esta sociedad gira y funciona en torno al fetichismo de las mercancas. Una sociedad a la cual ustedes se han habituado a tal punto que la consideran como un orden espontneo y por eso mismo natural, algo que uno de mis oblicuos detractores, un tal Von Hayek (que muchos profesores de ciencia poltica desprecian o miran con con-descendencia) llama kosmos y que hubiera horrorizado a los antiguos. Ahora todo se convierte en mercanca: el trabajo, los recursos naturales pero tambin las ideas (para escndalo de mi gran maestro Platn), las religiones y, por supuesto, eso que ustedes muy a la ligera llaman democracia, tambin se ha convertido en una mercanca; y como tal, sometida a la lgica del fetichismo que impregna toda esta sociedad. Al transformar las ms diversas manifestaciones de la vida social en mercancas que se compran y venden en el mercado, la sociedad pasa a vivir en una gran ficcin, porque separa los objetos de sus creadores. Claro que esto nada tiene que ver con la tesis de un pensador de lo que siglos despus de mi partida de este mundo los romanos denominaran la Galia, un seor llamado Baudrillard, quien acaba de reunirse con nosotros, y que hace del simulacro el rasgo distintivo de la sociedad posmoderna. Precisamente, el simulacro no slo no es lo mismo, sino que escamotea la fetichizacin universal de la sociedad capitalista.

    Aqu el Filsofo hizo un alto con la intencin de apreciar el efecto de su argumentacin. Por supuesto, la cabeza nos bulla con muchsi-

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    mas preguntas, y no salamos de nuestra sorpresa al comprobar cmo Aristteles haba seguido el desarrollo del pensamiento poltico hasta llegar a nuestros das. El hombre no crea la naturaleza pero su praxis la transforma, y en una sociedad como esta no slo la transforma sino que la destruye, tal vez irreparablemente continu diciendo Aristte-les pero al producirse la separacin entre el productor y lo producido, las mercancas aparecen como los verdaderos agentes de la vida social cuando no son sino expresin de las relaciones sociales subyacentes. Y lo que me sorprende es que la mercantilizacin en este tipo de sociedad ha llegado tan lejos, que el sombro cuadro pintado por un nativo de lo que los romanos llamaron Britannia un tal Toms cuyo apellido ahora no recuerdo, en un maravilloso librito en el que inspirado en las enseanzas de mi maestro en la Academia se dio a imaginar sociedades perfectas parece hoy el retrato de una fiesta en comparacin a lo que he visto en mi temporario regreso al mundo de los vivos1. Y he visto con sorpresa que, ante este bochornoso espectculo que ofrecen las sociedades latinoame-ricanas, algunos de sus colegas han tenido la osada de pretender inter-pretar sus movimientos y conflictos como propios de la posmodernidad. No entiendo cmo sera posible utilizar una categora de anlisis como esa para entender a sociedades en las que ms de la mitad de la pobla-cin se halla hundida en la miseria, la indigencia y la ignorancia, privada para siempre, por eso mismo y sus secuelas, de un futuro digno de la condicin humana. Para m todo eso carece por completo de sentido. Si Habermas, un nativo de la brbara Germania una tierra que entre noso-tros era considerada constitutivamente inepta para la reflexin filosfica, aunque en los ltimos siglos ese diagnstico fue desmentido habl de la modernidad como un proyecto inconcluso, tiene algn sentido pensar que entre ustedes la modernidad se haya realizado y ya estn navegando por las tranquilas y aburridas aguas de la posmodernidad o, como decla-ra Lipovetsky en su ltimo libro, la hipermodernidad?2.

    A estas alturas, el regreso de Aristteles se haba transformado en una incmoda visita para ms de uno. Por eso, no sorprendi a na-die que un joven acadmico, formado en la ms rgida tradicin del posi