El Perseguidor - Carmen de Burgos

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    15-Jun-2015

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"El Perseguidor"deCarmen de Burgos (http://es.wikipedia.org/wiki/Carmen_de_Burgos)

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Ei PinsioiinonCarmen de Burgos2 C.nxiN ni BinoosEi Pinsioiinon 3IAquella Nochebuena traa hacia Matilde todas las nostal-giasdelrecuerdo. Nopodasustraersealaevocaci ondelos aniversarios; tan fuertemente grabados en nosotros. Suespritu, acostumbrado a pasar con ligereza de una impre-si on a otra, avido de sensaciones y de emociones nuevas,pareca complacerse ahora en retrotraerse, hurtarse a lo real,para so nar con aqu ellos: .ental da como hoy, que le traana la memoria escenas patriarcales de su vida espa nola. Lasestasdefamiliadelhogarpaterno,enunacortijadaan-daluza donde pas o sus primeros a nos. Su padre, cazadorimpenitente, los condenaba a pasar all diciembre y enero,para gozar la epoca del celo del macho y cazar las perdi-ces con reclamo. Vea hacer con pena todos los preparativospara dejar la casa de C ordoba y enterrarse en aquel cortijodelasierra. Aquellosviajeserandelasimpresionesm asfuertemente grabadas en su alma, Unos viajes tristes, unacaravana que cruzaba los parajes m as escuetos y desoladosde la sierra, sobre mulos y burros aparejados con aguaderasy silletas, sobre los que iban: ella, su madre y los criados; to-dos rodeados de bultos de ropa, de provisiones, de objetos4 C.nxiN ni Binoosque embarazaban m as la marcha. Alguna pobre sirvientepasaba todo el camino sin soltar de la mano la jaula del loroo el objeto fr agil que se le conaba. Un viaje de ocho horas,por el campo reseco, desolado, cansados todos, sin hablarunosconotros; losmulerospinchandoalasbestiasparahacerles andar, sin m as descanso que la parada en la ventapara darles agua y para comer todos.Los manjares habantomadoungustoenmohecidosiem-pre, ungustoacamino; unacosaresecaqueleimpedacomer los pollos fritos, la tortilla y el jam on como si hubie-ran perdido su condici on apetitosa para hac ersele insopor-tables; el vino tena gusto a pez, y el agua de aljibe resultabaamargosa y dura.Despu es de la comida, volva a ponerse en marcha la ca-ravana, previa la pesada ocupaci on de acomodar sobre losaparejos a las mujeres y se continuaba en silencio, adormi-lados, vencidos por los vapores de la digesti on.De vez en cuando una cruz sobre un montecillo de pie-dras surga a la vera del camino. Los hombres se quitabanel sombrero y las mujeres se santiguaban.Alguien pona la leyenda:Aqu mat o la Guardia civil al Gallina y al Pavo, decauno.Ah encontraron el cad aver del Covachuela, referanotra vez.En ese lugar mataron al Corregidor y sus dos hijos, losbandidos.Se pasaba las estrechas gargantas decoradas por las cru-ces fatdicas, con el coraz on oprimido, oyendo las historiasEi Pinsioiinon 5de bandidos, de hechos audaces, de crmenes. Ella personi-caba todas aquellas guras en su memoria y las vea comouna pesadilla a su alrededor.El momento de satisfacci on era al llegar a lo alto de laescarpada cuesta, a cuyo pie, en el fondo de un valle abiertoentre las monta nas, estaba su cortijo. Era una visi on bellala de aquel pedazo de terreno abierto como un oasis en elverdor del valle, protegidopor las monta nas, comoocultoensu regazo; resultaba po etico el cortijo con su porche blanco,y su aspecto de casita de aldea.Pero al llegar volva a sentir la misma impresi on de ha-bitaciones enmohecidas, en las grandes estancias de suelode traspol y techo de ca nizo, reservadas para su familia.La vida all se le haca insoportable. Pasaban los das len-tos, largos, largos como das del Polo, interminables, igualessiempre.Su padre, acompa nado de tres o cuatro se nores de la ciu-dad, que eran sus invitados a la cacera, se levantaba antesdelamadrugadayreunidostodosenlagrancocinadelcortijo, secalentabanporfueraconlagranllamaradadeuna ebulaya y por dentro, con la copa de aguardiente queles abrasaba el est omago y el paladar. Enseguida salan, bienabrigados en sus capotes, cada uno con un mozo que llevabael p ajaro a la espalda, y cargados con sus escopetas, su mo-rral y la cartuchera al cinto. Tenan que andar varias leguas,cerro arriba, para llegar al lugar donde se les haba construi-do el puesto, una especie de torre on de piedra, oculto entreatochas y palmas, frente al cual, sobre un acho o mont onde tierra alto, se colocaba el reclamo, oculta la jaula entre6 C.nxiN ni Binoosplantas, y all desde el alba estaban horas y horas en acechopara matar a las perdices.Volvan al medioda cansados, rendidos, para comer yacostarse. Por la noche en la velada se reunan todos, conlas aparceras y mozas, junto al fuego. Entonces era cuandose vean.La madre haba pasado el da recibiendo visitas de loscampesinos, que llegaban cada uno con su ofrenda: huevos,longaniza, esp arragos, palomitos o pollos, y preparando lascomidas, cada una de las cuales tena honores de banquetepara sus convidados.La conversaci on era siempre la misma llena de quejas,de violencias de disputas Los vencedores, los (que se habanemperchado aquella ma nana unos pares de perdices dabanlabigoteraalosdesgraciados, ysecontabanepisodiosehistorias que lo justicaban todo.Unosarmabanque, apenasluci oelalba, sureclamoempez oacantarbellasj acarasyadardepie, amoroso,pero que el monte no le contest o. Otros se quejaban de lamudez del suyo, que no respondi o a los que cantaban cerca,sin duda acobardado por la gallarda de los libres. A vecessehabanpuestolosmachosdemasiadocerca, yunodelos reclamos haba robado al otro, hart andose su due no dedisparar tiros a las perdices que escapaban del otro puesto.En realidad, cada uno de aquellos pares de perdices eranun drama de amor y de falsa casi humanos.Las dos perdices libres y dichosas, oan el canto enarde-cido del macho solitario. La tentaci on de la hembra, atradapor aquel macho, le hara contestarle, y bien pronto se en-Ei Pinsioiinon 7tablaba un di alogo de promesas de amor entre ella y el des-conocido, a pesar de las valiosas protestas de su compa neropara hacer callar al intruso. El desconocido venca siempre yla hembra vena emocionada, algo recelosa, coqueta, gallar-da, en busca de su nueva aventura; asomaba la cabecita, altay de medio lado, en la que haca blanco, desde su tronera,el cazador.Y el reclamo saba que la haban matado y cantaba cruel,contento, alegre, vencedor. El macho desolado contesta conrencor y amargura; el canto de los dos se hace agresivo, in-sultador, hasta que el enga nado va ciego de ira a precipitarsecontra su rival, y un nuevo disparo le hace caer muerto. Elbuen reclamo celebra su triunfo y, ya educado en la falsacerca de las hembras, vuelve a entonar sus amorosas j acaraspara atraer a una nueva y veleidosa incauta.Ella se cas o para escapar de aquel tormento de los dosmeses de cacera. Se cas o con el primer se norito de C ordobaque la requiri o de amores y que le habl o de vivir en Madrid.Pero a los tres meses de casados, antes de realizar su sue node salir de la ciudad, su marido muri o.Libre, sin hijos due na de una posici on s olida y acomoda-da, quiso ser libre. La seguan encadenando las costumbresprovincianas y no fue sin esc andalo, como logr o trasladarsu residencia a la Corte. Toda la ciudad criticaba, Qu e ira ahacer una mujer viuda y sola en Madrid? No faltaba algunavieja y piadosa devota que compadeca: -Pobre Matildita!;quiere ahogarse en esa gran pocilga de la Corte, y deja estoslugares de paz. Dios la ampare!.Ensu primer viaje, despu esde pasar el invierno en Madrid, Matilde encontr o la ciudad8 C.nxiN ni Binoosinsoportable.Dudaronmuchasdamassidebandeiravisitarla;secomentaronsustrajesysusmodales; ellaveabienclaroc omo la miraban y la olfateaban todos buscando el aroma depecado que deba tener despu es de las cosas que le habransucedidoenesa ciudad, tannovelesca para los provincianos.Los hombres tomaban en su presencia aires de seductor yalgunaamigaaudazledijoatrevimientosdelantedelasotrasparaquevieraquenoestabantanenga nadas. Erafrecuente repetirle:T u como vienes de la Corte encontrar as esto mal!Yo como no he salido de aqu, a Dios gracias, no tengotu desparpajo.Las que tenemos que vivir aqu, como nuestras madreshan vivido, no podemos hacer esto.Te parecer e tonta, pero hija, yo no he estado en Madrid.Algunas curiosas le pedan noticias de la capital de Es-pa na como si fuese la capital de la China y otras piadosas leadvertan:,Sabes? Se dice. . . Eran historias vagas absurdas, re-petidas en voz baja por todas aquellas comadres, aquellasgentes ensa nadas.Una devota le advirti o:Por qu e no conesas todos los das y, te suscribes a laSagrada Familia?Qu e es eso?Una sociedad que enva la Sagrada Familia de visita alas casas honradas un da de cada semana: Eso da cr edito,porqueg uratequetanexcelsavisitanoentraentodasEi Pinsioiinon 9partes.Cuandosalaalacallesentac omoseentreabranlasventanas y adivinaba c omo se llamaban unos a otros:Esa.Esa es.Escuchaba con curiosidad a su paso.Decidi o no volver m as, y desde luego j o su residenciaen Madrid. Pero pasadas las primeras temporadas, Madridla aburri o, la aburri o como aburren siempre las ciudades enque nos sentimos extranjeros, sin calor de afectos; rodeadas olo de amistades de esas que se re unen en los momentosagradables y entre las que no media un lazo de verdaderaintimidad.Entonces se despert o en ella el amor a los viajes de unmodo avasallador. Le pareci o que era una aci on que tenadesde muy antiguo, desde aquellos tristes viajes a caballopor la sierra conociendo todas las ventas y todas las vueltasdel camino: La ruta conocida le dio el deseo de las descono-cidas de los paisajes variados y nuevos.Le haba quedado un terror de la monotona y un deseode libertad, de no estar sujeta a nada, de no verse ligada ala rutina de aquellas gentes mediocres en las que se habamalogrado su primera juventud.Aquella aci on a los viajes le haba abierto nuevos cau-ces a su pensamiento y haba educado su sensibilidad; dis-gust andola de todas las costumbres de la vida vulgar. Via-jaba constantemente, buscando nuevas impresiones con elaliciente de una curiosidad siempre avivada, y nunca, hastaentonces, experiment o esa sensaci on de soledad, de aban-10 C.nxiN ni Binoosdono que senta aquella Nochebu