felicidad clandestina - cms. ?· [Cuento. Texto completo.] Clarice Lispector Ella era gorda, baja, ...…

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    28-Sep-2018

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<ul><li><p>Felicidad clandestina[Cuento. Texto completo.]</p><p>Clarice Lispector</p><p>Ella era gorda, baja, pecosa y de pelo excesivamente crespo, medio amarillento. Tena unbusto enorme, mientras que todas nosotras todava eramos chatas. Como si no fuesesuficiente, por encima del pecho se llenaba de caramelos los dos bolsillos de la blusa. Peroposea lo que a cualquier nia devoradora de historietas le habra gustado tener: un padredueo de una librera.</p><p>No lo aprovechaba mucho. Y nosotras todava menos: incluso para los cumpleaos, envez de un librito barato por lo menos, nos entregaba una postal de la tienda del padre.Encima siempre era un paisaje de Recife, la ciudad donde vivamos, con sus puentes msque vistos.</p><p>Detrs escriba con letra elaboradsima palabras como "fecha natalicio" y "recuerdos".</p><p>Pero qu talento tena para la crueldad. Mientras haciendo barullo chupaba caramelos,toda ella era pura venganza. Cmo nos deba odiar esa nia a nosotras, que ramosimperdonablemente monas, altas, de cabello libre. Conmigo ejerci su sadismo con unaserena ferocidad. En mi ansiedad por leer, yo no me daba cuenta de las humillaciones queme impona: segua pidindole prestados los libros que a ella no le interesaban.</p><p>Hasta que le lleg el da magno de empezar a infligirme una tortura china. Como al pasar,me inform que tena Las travesuras de Naricita, de Monteiro Lobato.</p><p>Era un libro gordo, vlgame Dios, era un libro para quedarse a vivir con l, para comer,para dormir con l. Y totalmente por encima de mis posibilidades. Me dijo que si al dasiguiente pasaba por la casa de ella me lo prestara.</p><p>Hasta el da siguiente, de alegra, yo estuve transformada en la misma esperanza: no viva,flotaba lentamente en un mar suave, las olas me transportaban de un lado a otro.</p><p>Literalmente corriendo, al da siguiente fui a su casa. No viva en un apartamento, comoyo, sino en una casa. No me hizo pasar. Con la mirada fija en la ma, me dijo que le habaprestado el libro a otra nia y que volviera a buscarlo al da siguiente. Boquiabierta, yo mefui despacio, pero al poco rato la esperanza haba vuelto a apoderarse de m por completoy ya caminaba por la calle a saltos, que era mi manera extraa de caminar por las calles deRecife. Esa vez no me ca: me guiaba la promesa del libro, llegara el da siguiente, lossiguientes seran despus mi vida entera, me esperaba el amor por el mundo, y no me cauna sola vez.</p><p>Pero las cosas no fueron tan sencillas. El plan secreto de la hija del dueo de la librera erasereno y diablico. Al da siguiente all estaba yo en la puerta de su casa, con una sonrisay el corazn palpitante. Todo para or la tranquila respuesta: que el libro no se hallaba anen su poder, que volviese al da siguiente. Poco me imaginaba yo que ms tarde, en elcurso de la vida, el drama del "da siguiente" iba a repetirse para mi corazn palpitante</p></li><li><p>otras veces como aqulla.</p><p>Y as seguimos. Cunto tiempo? Yo iba a su casa todos los das, sin faltar ni uno. Aveces ella deca: Pues el libro estuvo conmigo ayer por la tarde, pero como t no hasvenido hasta esta maana se lo prest a otra nia. Y yo, que era propensa a las ojeras,senta cmo las ojeras se ahondaban bajo mis ojos sorprendidos.</p><p>Hasta que un da, cuando yo estaba en la puerta de la casa de ella oyendo silenciosa,humildemente, su negativa, apareci la madre. Deba de extraarle la presencia muda ycotidiana de esa nia en la puerta de su casa. Nos pidi explicaciones a las dos. Hubo unaconfusin silenciosa, entrecortado de palabras poco aclaratorias. A la seora le resultabacada vez ms extrao el hecho de no entender. Hasta que, madre buena, entendi al fin. Sevolvi hacia la hija y con enorme sorpresa exclam: Pero si ese libro no ha salido nuncade casa y t ni siquiera queras leerlo!</p><p>Y lo peor para la mujer no era el descubrimiento de lo que pasaba. Deba de ser elhorrorizado descubrimiento de la hija que tena. Nos espiaba en silencio: la potencia deperversidad de su hija desconocida, la nia rubia de pie ante la puerta, exhausta, al vientode las calles de Recife. Fue entonces cuando, recobrndose al fin, firme y serena, leorden a su hija:</p><p>-Vas a prestar ahora mismo ese libro.</p><p>Y a m:</p><p>-Y t te quedas con el libro todo el tiempo que quieras. Entendido?</p><p>Eso era ms valioso que si me hubiesen regalado el libro: "el tiempo que quieras" es todolo que una persona, grande o pequea, puede tener la osada de querer.</p><p>Cmo contar lo que sigui? Yo estaba atontada y fue as como recib el libro en la mano.Creo que no dije nada. Cog el libro. No, no part saltando como siempre. Me fuicaminando muy despacio. S que sostena el grueso libro con las dos manos, apretndolocontra el pecho. Poco importa tambin cunto tard en llegar a casa. Tena el pechocaliente, el corazn pensativo.</p><p>Al llegar a casa no empec a leer. Simulaba que no lo tena, nicamente para sentirdespus el sobresalto de tenerlo. Horas ms tarde lo abr, le unas lneas maravillosas,volv a cerrarlo, me fui a pasear por la casa, lo postergu ms an yendo a comer pan conmantequilla, fing no saber dnde haba guardado el libro, lo encontraba, lo abra por unosinstantes. Creaba los obstculos ms falsos para esa cosa clandestina que era la felicidad.Para m la felicidad siempre habra de ser clandestina. Era como si yo lo presintiera.Cunto me demor! Viva en el aire... haba en m orgullo y pudor. Yo era una reinadelicada.</p><p>A veces me sentaba en la hamaca para balancearme con el libro abierto en el regazo, sintocarlo, en un xtasis pursimo. No era ms una nia con un libro: era una mujer con suamante.</p></li><li><p>FIN</p><p>Tomado de: Ciudad se va. Biblioteca digital</p><p>http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/por/lispec/felicidad_clandestina.htm</p></li></ul>