Lispector, Clarice - Silencio.doc

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    21-Oct-2015

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<p>CLARICE</p> <p>Clarice LispectorSilencio</p> <p>CLARICELISPECTOR</p> <p>SilencioTraduccin y Prlogo de Cristina Peri Rossi</p> <p>el espejo de tinta</p> <p>grijalbo</p> <p>EL ESPEJO DE TINTAColeccin dirigida por laura fredcasDiseo de la cubierta: Enre Batlle i Lloren? MartTtulo originalONDE ESTIVESTES DE NOITETraducido de la edicin de Editora Nova Fronteira, S. A.,Rio de Janeiro 1974, CLARICE LISPECTOR 1980, PAULO GURGEL VALENTE y PEDRO GURGELVALENTE 1988, EDICIONES GRIJALBO, S.A.Arag, 385, BarcelonaPrimera edicinReservados todos los derechosISBN: 84-253-1996-XDepsito legal: B. 2.869-1988Impreso en Hurope, S. A., Recared, 2, Barcelonandice</p> <p>4Prlogo a la edicin castellana</p> <p>6La bsqueda de la dignidad</p> <p>12La partida del tren</p> <p>21Seco estudio de caballos</p> <p>26Donde estuviste de noche</p> <p>34La relacin de la cosa</p> <p>39El manifiesto de la ciudad</p> <p>40Las astucias de doa Frozina</p> <p>42Es all a donde voy</p> <p>43El muerto en el mar de Urca</p> <p>44Silencio</p> <p>46Desvanecimiento</p> <p>48Una tarde plena</p> <p>50Un caso complicado</p> <p>52Tanta mansedumbre</p> <p>53Las aguas del mar</p> <p>55Tempestad de almas</p> <p>57Vida al natural</p> <p>Prlogo a la edicin castellana</p> <p>La crtica brasilea considera que la obra de Clarice Lispector es de decisiva importancia para modernizar la literatura del pas, hasta entonces de aliento decimonnico, con predominio de lo narrativo sobre lo expresivo y con frecuencia pintoresca, localista, demasiado atenta a la descripcin de una realidad miserable, aunque compleja, dramtica y contrastada. Lo cierto es que la narrativa de Clarice Lispector rompe con la tradicin de la literatura brasilea y abre los cauces a la modernidad. En primer lugar, sus novelas y sus cuentos (confieso mi preferencia por esta parte de su obra) son urbanos. Aunque la gran ciudad (Ro de Janeiro, Sao Paulo, etc.) slo se perfila como fondo de algunos de sus relatos (el gran estadio de Maracan, por ejemplo, en La busqueda de la dignidad, de este volumen), la voz de la narradora, tan importante en sus cuentos, es siempre una voz de mujer urbana, contempornea, ms atenta a su propia mirada que al entorno mirado. Porque hay que decirlo desde l comienzo: l nico tema, obsesivo, de Clarice Lispector, es la mirada, la propia mirada. Importa mucho menos qu es lo que se mira, que la manera de mirar. Y ste es, sin duda, un signo de la modernidad de Clarice Lispector. En casi toda la literatura brasilea anterior, el tema era lo fundamental de la narrativa. El paisaje (vasto, desolador, casi desrtico en el serto, superpoblado, miserable en los suburbios montaosos de las grandes ciudades) es tan omnipotente en Brasil que invadi la literatura con una fuerza casi avasalladora (Vidas secas, de Graciliano Ramos, sera un ejemplo del primer caso, como Macunaima del segundo). Clarice Lispector supera esta influencia de lo ambiental en la literatura brasilea con un abierto desparpajo: lo nico que existe, casi con egolatra, es su propia mirada, ste es el tema, esto es lo narrado. Decir la mirada, es decir la percepcin. Literatura de la percepcin, podra ser el subttulo de toda su obra. Ella lo confiesa casi con ingenuidad en uno de los pasajes de este libro: La necesidad exigente de veracidad. Pero en su caso, la veracidad es interior, no es verismo paisajstico: es veracidad psicolgica. Para Clarice Lispector la veracidad est en la profundidad de la mirada, de la percepcin interior: desde su interioridad, observa la interioridad ajena, de una manera casi implacable: la penosa sensualidad de una vieja, en el relato ya citado: La bsqueda de la dignidad, la opresin del silencio nocturno (Silencio), o la transformacin, la verdadera metamorfosis del sueo orgistico, en el fantasmagrico relato Donde estuviste de noche.Curiosamente, la gran renovadora de la literatura brasilea hace una confesin, en este libro, que puede sorprender al lector que no la conoce. Dice: Digo lo que tengo que decir sin literatura. Esta declaracin de despojamiento tiene que ver, sin embargo, con esa pretensin de veracidad de percepcin y con el estilo de Clarice Lispector. Si la literatura es metfora, y por lo tanto, polivalencia, multiplicidad de imgenes, el esfuerzo verista de la autora pasa por otra forma de lo literario, aparentemente por la renuncia a esa interpretacin de lo potico. Clarice Lispector escribe como mira, es decir, sin adornos.En su bsqueda de lo esencial (es decir, del hueso ltimo, de lo que est debajo de la superficie) prescinde justamente de lo metafrico, de la proliferacin de imgenes, para que la literatura sea entonces una investigacin de lo interior, y no espejos polivalentes. Un ejemplo de esto es ese relato tan difcil de clasificar: Seco estudio de caballos. Justamente, el adjetivo es el que mejor define la obra de Clarice y su estilo: seco. Pero esta sequedad no es un lmite, sino una virtud: a travs de esa renuncia al oropel, a los fastos de la imagen, su obra accede a la profundidad de percepcin. Clarice Lispector escribe como ve y como piensa, de ah que su falta de literatura (digo lo que tengo que decir sin literatura) se convierta, a la postre, en su propia literatura. Sigue el hilo de su inconsciente, y en este sentido, en el de la asociacin libre, podemos decir que su obra es contempornea: heredera de los surrealistas, de James Joyce, de Virginia Woolf. Esto explica, adems, algunas de esas inserciones curiosas de sus relatos, como la carta a Erico Verssimo, respuesta quizs a una declaracin del escritor, y que ella coloca dentro de un cuento con la fiabilidad del inconsciente: si en el final de un relato esta idea apareci en su cabeza, por algo ser.De ah tambin sus numerosas intervenciones en el curso de los relatos. Pocas veces, en este libro, los cuentos tienen verdadera autonoma: no son realidades independientes, el lazo, la conexin con su autora estn siempre presentes, a partir de sus intervenciones. Interviene para corregir, interviene para confesarse, interviene para hablar con los personajes, como si las historias y ella, quien las mira y las escribe, no pudieran separarse, desprenderse, fantasa de compenetracin uterina que justifica el hecho de que su autora sea una mujer, y quizs, como pocas veces, solamente una mujer.Slo una mujer puede estar tan pegada a s misma, a su mirada, a su pretexto como para que esta unin umbilical sea indestructible (utilizo deliberadamente la palabra pretexto).Por ese mismo carcter uterino, umbilical, estos relatos nos sumergen de lleno en la intimidad de la escritura (y no de la escritora). A veces podemos ver cmo Clarice Lispector lucha con las dificultades de escribir (Un caso complicado), sin ocultarnos su malhumor o su impotencia. Otras, su cuento se mezcla hasta tal punto con el proceso de escribirlo que termina por ser el relato en s mismo. Y por fin, nos ofrece algunos textos difcilmente catlogables como relatos (son fragmentos, o textos, simplemente) pero que contienen toda la fuerza potica de una visin, de una contemplacin ntima y rigurosa.Sin duda, traducir a Clarice Lispector es un desafo. Estamos demasiado acostumbrados a lo literario como para enfrentarnos espontneamente a unos textos que de plano renuncian a ello. Pero aun as, la belleza de la prosa de esta mujer resiste muy difcilmente una versin a otra lengua. En primer lugar, no es una belleza convencional. Podramos decir, incluso, desde una retrica tradicional, que Clarice Lispector escribe mal: repite palabras continuamente (he respetado esas repeticiones), enlaza difcilmente una frase con otra, no se preocupa por la continuidad narrativa, introduce numerosos comentarios personales ajenos a la accin. Pero estos aparentes defectos de la escritura convencional son, en cambio, su mayor virtud: siguen el hilo de la asociacin libre, del inconsciente. En efecto, el inconsciente es un mal escritor, desde una preceptiva convencional: el inconsciente enhebra mal las frases, asocia libremente. El afn de veracidad de Clarice Lispector se convierte, as, en su belleza propia, inconfundible.He renunciado, pues, a un embellecimiento artificial del texto, que sera una traicin. La traduccin es literal, en lo posible, para respetar, en segundo trmino, esa veracidad que la autora reclamaba para su obra. Espero, sin embargo, que la otra belleza, la de la mirada, haya conseguido alcanzar a esta versin.Barcelona, enero de 1988 CRISTINA PERI ROSSI </p> <p>La bsqueda de la dignidad</p> <p>La seora de Jorge B. Xavier simplemente no saba decir cmo haba entrado. Por la puerta principal no fue. Le pareca que vagamente soadora haba entrado por una especie de estrecha abertura en medio de los escombros de la construccin en obras, como si hubiera entrado de soslayo por un agujero hecho slo para ella. El hecho es que cuando se dio cuenta, ya estaba adentro.Y cuando se dio cuenta, advirti que estaba muy, muy adentro. Caminaba interminablemente por los subterrneos del estadio de Maracan, o por lo menos le parecan cavernas estrechas que daban a salas cerradas y, cuando se abran, las salas slo tenan una ventana que daba al estadio. ste, a aquella hora oscuramente despierto, reverberaba al extremo sol de un calor inusitado para aquel da de pleno invierno.Entonces sigui por un corredor sombro. ste la llev igualmente a otro ms sombro. Le pareci que el techo de los subterrneos era bajo.Y hete aqu que este corredor la llev a otro que la llev a su vez a otro.Dobl el corredor desierto. Y entonces cay en otra esquina. Que la llev a otro corredor que desemboc en otra esquina.Entonces continu automticamente entrando en corredores que siempre daban a otros corredores. Dnde estara la sala principal? Pues con sta encontrara a las personas con quienes fijara la cita. La conferencia quizs ya habra comenzado. Iba a perderla, justamente ella que se esforzaba en no perder nada de cultural porque as se mantena joven por dentro, ya que por fuera nadie adivinaba que tena casi setenta aos, todos le daban unos cincuenta y siete.Pero ahora, perdida en los meandros internos y oscuros de Maracan, ya arrastraba pies pesados de vieja.Fue entonces cuando sbitamente encontr en un corredor a un hombre surgido de la nada y le pregunt por la conferencia que el hombre dijo ignorar. Pero ese hombre pidi informacin a un segundo hombre que tambin surgi repentinamente al doblar el corredor.Entonces este segundo hombre inform que haba visto cerca de los asientos de la derecha, en pleno estadio abierto, a dos damas y un caballero, una de rojo. La seora Xavier dudaba de que esas personas fueran al grupo con el que ella deba encontrarse antes de la conferencia, y en realidad, ya haba olvidado el motivo por el cual caminaba sin parar. De cualquier modo sigui al hombre rumbo al estadio, donde se detuvo ofuscada en el espacio hueco de luz ancha y mudez abierta, el estadio desnudo desventrado, sin baln ni ftbol. Adems, sin gente. Haba una multitud que exista por el vaco de su ausencia absoluta.</p> <p>Las dos damas y el caballero ya habran desaparecido por algn corredor?Entonces, el hombre dijo con un desafo exagerado:Pues voy a buscarlas para usted y encontrar a esas personas de cualquier manera, no pueden haber desaparecido en el aire.Y, en efecto, ambos las vieron de muy lejos. Pero un segundo despus volvieron a desaparecer. Pareca un juego infantil donde carcajadas amordazadas rean de la seora de Jorge B. Xavier.Entonces entr con el hombre en otros corredores. Hasta que el hombre tambin desapareci en una esquina.La seora desisti ya de la conferencia que en el fondo poco le importaba. Lo que quera era salir de aquella maraa de caminos sin fin. No habra puerta de salida? Entonces sinti como si estuviera dentro de un ascensor descompuesto entre un piso y otro. No habra puerta de salida?Fue entonces cuando sbitamente se acord de las palabras informativas de la amiga, por telfono: Queda ms o menos cerca del estadio de Maracan. Frente a ese recuerdo comprendi su engao de persona tonta y distrada que slo escucha las cosas por la mitad, y la otra queda sumergida. La seora Xavier era muy distrada. Entonces, pues, no era en Maracan el encuentro, era cerca de all. Entretanto, su pequeo destino la tena perdida en el laberinto.S, entonces la lucha recomenz peor todava: quera salir por fuerza de all y no saba cmo ni por dnde.Y de nuevo apareci en el corredor aquel hombre que buscaba a las personas y que otra vez le asegur que las encontrara porque no podan haber desaparecido en el aire. l dijo:La gente no puede desaparecer en el aire!La seora inform:No hay necesidad de que se incomode buscando, sabe? Gracias, igual. Porque el lugar donde debo encontrar a esa gente no es Maracan.El hombre dej de andar inmediatamente y la mir, perplejo:Entonces, qu est usted haciendo por aqu?Ella quiso explicar que su vida era as mismo, pero ni siquiera saba qu quera decir con as mismo, ni con su vida, de modo que nada respondi. El hombre insisti en la pregunta, entre desconfiado y cauteloso: qu estaba haciendo all? Nada, respondi slo con el pensamiento la mujer, ya a punto de caer de cansancio. Pero no le respondi, le dej creer que estaba loca. Adems, ella nunca se explicaba. Saba que el hombre la crea loca y quizs lo fuera, pues senta aquella cosa que ella llamaba aquello por vergenza. Aunque tambin tena la llamada salud mental tan buena que slo poda compararla con su salud fsica. Salud fsica ahora destrozada, pues arrastraba los pies de muchos aos de camino por el laberinto. Su va crucis. Estaba vestida de lana muy gruesa y sofocada y sudada con el inesperado calor de un auge de verano, ese da de verano que era un vicio de invierno. Le dolan las piernas, le dolan con el peso de la vieja cruz. Ya estaba resignada de algn modo a no salir nunca del Maracan y a morir all con el corazn exange.Entonces, como siempre, slo despus de desistir de las cosas deseadas, stas ocurran. Lo que se le ocurri de repente fue una idea: Soy una vieja loca. Por qu en vez de continuar preguntando por las personas que no estaban all, no buscaba al hombre y le preguntaba cmo se sala de los corredores? Porque lo que quera era slo salir y no encontrarse con nadie.Encontr finalmente al hombre, al doblar una esquina. Y le habl con la voz un poco trmula y ronca por el cansancio y el miedo de que la esperanza fuera vana. El hombre, desconfiado, estuvo de acuerdo rpidamente con que ella se fuera a su casa y le dijo, con cuidado:Parece que usted no est muy bien de la cabeza, quizs sea el calor extremo.Dicho esto, el hombre simplemente entr con ella en el primer corredor y en la esquina aparecieron dos largos portones abiertos. Slo eso? Era tan fcil?Tan fcil.Entonces ella pens que slo para ella se haba vuelto imposible hallar la salida. La seora Xavier estaba un poco asustada y al mismo tiempo, acostumbrada. En cierto sentido, cada uno tena su propio camino a recorrer interminablemente, formando esto parte del destino, en el que ella no saba si crea o no.Pas un taxi. Lo mand detenerse y dijo, controlando la voz que estaba cada vez ms vieja y cansada:Oiga, no s bie...</p>