Mitopoética del Nacional-socialismo - Franco Cardini

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    Mitopotica del Nacional-socialismo

    Franco Cardini

    Infokrisis.- El texto que sigue a continuacin es la traduccin de un

    artculo publicado en 1981 por el medievalista italiano Franco Cardini en

    la revista Totalit en el ao 1981. Esta revista era, en aquel momento, el

    boletn del crculo "Cultura y Tradicin" que en aquella poca y en los

    aos siguientes realiz un extraordinario esfuerzo por difundir los textos

    de Julius Evola en lengua francesa, primero a travs de las revistas

    Totalit, Rebis, Kalki, y posteriormente a travs de la Editorial Pards

    que contina en funcionamiento. El articulo que sigue es una

    interpretacin "mitopotica" del naconal socialismo y, en realidad, aborda

    la cuestion de cmo un especialista en historia medieval analizara el

    fenmeno del nacional-socialismo en funcin de los mitos y de las

    leyendas medievales. Particular fuerza adquiere el artculo cuando refiere

    la vieja leyenda germnica del Flautista de Hamelin en relacin a la

    historia de Hitler y de su funcin entre 1933 y 1945. Debi ser hacia 1985

    cuando realizamos la traduccin de este artculo que casualmente hemos

    encontrado en el mes de agosto.

    Mitopotica del nacional-socialismo

    Cuando hace unos aos se desencaden una polmica contra la presunta

    rehabilitacin de Mussolini y del fascismo por De Felice, hubo, adems de

    crticas apoyadas sobre un examen cientfico serio, otras conducidas de

    manera histrica, o que no tuvieron reparos en descender al nivel del

    linchamiento. En este segundo terreno tan poco ejemplar, alguien sugiri

    la vergonzosa idea de que un da Hitler y el nacional-socialismo podran

    encontrar igualmente su De Felice.

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    tibia y cmoda a una idea impuesta desde el exterior, antes que pensada

    desde el interior.

    Aqu, no se trata ciertamente de depurar una vez ms las

    responsabilidades en el proceso de Nuremberg, o de reavivar la polmica

    sobre los famosos seis millones de vctimas para establecer si han sido

    ms o menos numerosas que la cifra indicada. No existe nada ms

    innoble que esta macabra contabilidad. En el nacional-socialismo, es la

    atrocidad del genocidio en tanto que tal y, ms all de l la atrocidad del

    desprecio del hombre y de la vida lo que asombran, sobre todo porque

    han tenido lugar tras siglos de humanismo, al menos terico y verbal.

    Pero lo que termina por inspirar temor, es que su trono siniestro en el

    museo de los horrores histricos no acabe por servir como pantalla a

    otros hechos y hombres que tendran el mismo derecho de figurar en l.

    Todos los grandes verdugos, todos los carniceros a gran escala del mundo

    contemporneo -han existido y existen existiendo hoy, por no hablar de

    los que les precedieron- pueden agradecer a Hitler haberles permitido

    aparecer con ropas respetables y maquillar sus gestos con sonrisas

    cautivadoras.

    En suma, es triste y miserable que no pueda organizarse Nurembergs

    serios (el Tribunal Rusell ha sido una farsa facciosa) para los responsables

    de las masacres de hugonotes, pieles rojas, catlicos irlandeses, istrianos,

    kulaks, armenios, kurdos, palestinos o mongoles.

    El mundo moderno no considera pues a Hitler como un enemigo

    cualquiera: lo ha elevado al rango de enemigo metafsico. Sin embargo,

    vista desde cerca, esta observacin es incluso insuficiente. Su condena es

    una demnatio memoriae, absolutamente sui generis. Parece casi que,

    aunque se haya exorcizado al monstruo demonaco y que se contine

    tenindole respeto por una especie de "caza de brujas" que tiene algo de

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    grotesco, se sufra an una terrible fascinacin: la atraccin del abismo.

    Pongamos incluso de lado la interpretacin del nacional socialismo como

    una especie de fatum helnico, de nmesis inevitablemente ligada el

    hybris de las clases dirigentes alemanas: es decir, la interpretacin de

    Thomas Mann en la que se han inspirado Luchino Visconti y tambin

    Berthold Brecht est menos alejada de lo que parece, ya que el desarrollo

    de su Arturo Udemuestra que, sobre todo, la ascensin del jefe de la

    banda de gansters es menos resistible que lo que afirma el ttulo de la

    polmica obra de teatro. Asistimos desde hace algn tiempo a una nueva

    ola de hitlerismo, y lo que es peor: ni los historiadores ni los socilogos

    parecen darse cuenta de que es mucho ms grave o inquietante que

    cualquier rehabilitacin poltico-ideolgica. Tenemos comics y films

    nazi-porno", "nazi-sado-masoquista", que se acompaan de fenmenos

    de signo anlogo pero de valor diferente, como el music-hall Das Reich

    con su Hitler superstarsucesor de los triunfos de Oh Calcutta y de Hair.

    Naturalmente, no se ver Das Reich en nuestro pas, como tampoco el

    film Hitler, eine Karriere a pesar de su excepcional valor documental. A

    cambio, hemos visto Salon Kitty y toda la gama de sus subproductos

    incalificables

    Por lo dems, a su manera incluso: estos fenmenos subculturales son

    muy significativos. A nivel de transfertla culpabilizacin del hitlerismo es

    la desembocadura cmoda de tendencias sado-masoquistas que, fuera de

    casos lmite, no le eran del todo especficas (poda tener otras tendencias:

    pero -precisamente- no stas) mientras que son propias a los complejos

    engendrados por la sociedad de consumo, por la sociedad permisiva.

    Luego, porque, tras estos complejos se esconde la vulgarizacin de un

    procedimiento de represin ideolgica que los historiadores conocen bien:

    la polmica de los defensores de un "sistema" cualquiera contra los no

    conformistas. Celso, ya, diriga a los cristianos acusaciones de realizar

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    ritos infames y de desrdenes sexuales; en la poca medieval y

    protomoderna, los polemistas catlicos hacan lo mismo respecto a los

    herejes y las brujas, mientras que en los EEUU los maccarthystas

    emplearon el mismo procedimiento contra los rojos, o supuestos tales

    y, ms tarde, este deba ser el caso de los extraos representantes de las

    "mayoras silenciosas" contra los hippies. Es intil aadir que,

    habitualmente, acusaciones de este tipo, son absolutamente falsas y

    gratuitas sobre el plano fenomenolgico; es ms bien la interpretacin de

    los hechos a la que dan lugar lo que est profundamente falseada.

    Ciertas formas histricas e irracionales de demonizacin de un fenmeno

    histrico tan complejo y articulado como el nacional-socialismo descubren

    un fondo colectivo que debera ser explorado con los elementos del

    psicoanlisis antes sin duda, que con los de la poltica y la sociologa.

    Existe un lazo profundo entre nazifobia (una forma de psicosis extendida

    que nada tiene que ver con el antinazismo serio y coherente) y la actitud

    de desacralizacin de la vida que invade plenamente al way of life

    occidental. No son ciertamente objetivos poltico-ideolgicos del

    nacional-socialismo cuyo renacimiento se teme: hoy, ninguna persona

    inteligente y de buena fe puede verdaderamente temer el renacimiento

    del racismo anti-judo, del nacionalismo pangermanista o del militarismo

    neo-prusiano.

    Lo que se quiere ms bien es exorcizar aquello a lo que el

    nacional-socialismo debi lo ms profundo de su xito: la proyeccin

    mtica, e incluso -es decir, sobre todo- la capacidad mitopotica.

    Solamente bajo este ngulo la histeria nazifoba adquiere una racionalidad

    paradjica: es la respuesta radical del hombre moderno, del homo rationi

    consentaneus, al hombre arcaico, al homo mythicus: es evidente que

    empleo aqu el adjetivo mythicus en al sentido que le da Macrobio, a

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    saber, autor de mitos". Y ya que estamos en la hora de las precisiones

    semnticas, aado que empleo el adjetivo "arcaico en el sentido tcnico

    que Jung le atribuye: es decir, el hombre arcaico como hombre del arca,

    del origen, de los comienzos; hombre del illud tempus, opuesto al hombre

    del progreso lineal.

    En otros trminos, el nacional-socialismo -al margen de sus componentes

    progresistas y tecnocrticas, las cuales fueron por lo dems masivas y

    evidentes- fue un movimiento radicalmente antimoderno y

    anti-historicista en su capacidad mito-potica precisamente, mucho ms

    profunda que el recurso exterior y a menudo vulgar a datos y elementos

    atvicos que hacan de l un movimiento "de derecha", segn un anlisis

    que, a decir verdad, parece excesivamente esquemtico.

    Puede ocurrir tambin, en el fondo, que el nacional-socialismo haya sido

    sobre el plano fenomenolgico ya que no sobre el plano del historicismo,

    un acontecimiento revolucionario pero -a pesar de sus componentes

    obreras y "de izquierda" que existan y que tenan cierta consistencia,

    guste o no guste recordarlo- si fue as, no tuvo gran cosa en comn conla revolucin francesa o sovitica. Las precisiones formuladas por varios

    historiadores especializados en la influencia jacobina y luego

    nacional-liberal recogidas ms tarde por el hitlerismo tienen sin duda su

    valor, de la misma forma que buena parte, de los nacional-socialistas

    sufrieron la fascinacin de la Revolucin de Octubre; sin embargo, la

    revolucin a la cual el nacional se pareci ms es la revolucin japonesa

    de la poca Meij: en el sentido que, al igual que esta, tendi a afirmar un

    cuerpo tecnolgicamente avanzado en el sentido occidental del trmino

    sobre un alma dirigida en sentido inverso, en una direccin

    programticamente consciente hacia el retorno a las antiguas tradiciones

    heroicas. Con esta diferencia sustancial, naturalmente, a saber, que estas

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    tradiciones estaban vivas y actuantes en la cultura japonesa, donde se

    trataba slo de despertar y reconducir a una pureza consciente un

    mensaje religioso y nacional; mientras que en Alemania se trataba de

    reconstruir -y de una forma no exenta de arbitrariedades y

    exageraciones, y consecuentemente con resultados sustancialmente

    falsos y artificiales- una cultura prcticamente destruida = desde la Alta

    Edad Media, admitiendo que haya existido jams bajo formas que

    evocaran incluso de lejos lo que se imagin. El "germano" salido del

    laboratorio hitleriano se pareca al del Edda y del Nibelungenledcomo la

    criatura monstruosa del doctor Frankenstein al modelo que haba

    inspirado al sabio.

    Si la sociedad actual vive de utopas -y lo que es peor, las estima

    racionales e incluso cientficas- en cambio detesta los mitos. Y la

    obstinacin en hacer representar al socialismo el papel de chivo expiatorio

    para las desgracias del segundo cuarto del siglo XX y ms all parece ser

    principalmente una tcnica liberadora en relacin al mito y al peligro" de

    la mitopotica, es decir, de este extraa capacidad humana de escapar a

    lo materialmente real, a lo cotidiano, e incluso de apropiarse y

    dominarlo. Se acusa la adhesin al mito de representar una fuga de la

    realidad, una evasin: pero la prisin de lo que se califica

    habitualmente de real engendra a su vez la desesperanza.

    En un sentido general la relacin entre emancipacin del mito y

    angustia es muy estrecha: se ha sostenido incluso que las inquietudes y

    las crisis de las sociedades modernas se explican por la ausencia de un

    mito que les sea particular", escribe Mircea Eliade. Si Eliade tiene razn

    en percibir la relacin de este illud tempus, de este tiempo sagrado

    anterior a la cada hacia la cual toda la humanidad se volvera, unida a

    pesar de la variedad de los mensajes religiosos- aunque la experiencia

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    religiosa se planteara en tanto que tal, en ltimo anlisis, como una

    nostalgia de los orgenes y en el rito la restauracin de este tipo

    sagrado, pues una tcnica de anulacin de la historia con su vis involutiva

    y de relacin peridica con un estado de perfeccin y de armona entre el

    hombre y el cosmos: si todo esto es exacto, en parte al menos, entonces

    el proceso de desacralizacin del mundo contemporneo, su rechazo del

    mito, la degradacin del rito en la ceremonia pblica, luego en forma

    vaca, en manifestacin exterior, en convencin, este proceso

    definitivamente ha cortado los puentes entre la humanidad y no importa

    qu tipo de realidad superior. Se puede ser o no religioso (por lo dems,

    el adjetivo religioso es en s mismo ambiguo): pero debe constatarse

    que la religin representa de todas formas una defensa individual y

    colectiva contra la aparicin de la angustia existencial; sea negada o

    criticada, el hombre al cual, evidentemente la desesperante constatacin

    sartriana de la nada no basta, quien, por el contrario, tiene naturalmente

    horror a ella- se vuelve hacia la investigacin de sucedneos, los cuales

    adquieren a su vez el carcter de nuevos mitos o seudo-mitos. A menos

    que no se reemplace el mito, el retorno a los orgenes, por la utopa,

    por la bsqueda de un porvenir jams alcanzado y comprendido como

    definitivo: inmvil meta al final de un dinmico iter.

    Tal es la cuestin: lo que el mundo contemporneo no perdona a Hitler,

    es me nos su inhumanidad como su antihumanismo. Ser enemigo de la

    historia y del historicismo mediante libros y escritos es ya grave, pero

    serlo con las divisiones acorazadas, resulta intolerable.

    El nacional-socialismo no fue propiamente un movimiento poltico, sino

    que fue especialmente un movimiento religioso-milenarista; y HitIer, ms

    que un jefe poltico incluso excepcionalmente dotada desde el punto de

    vista carismtico, fue sobre todo -y l tuvo conciencia- un soter, un

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    salvador. Tanto los cristianos alemanes que saludaban en l a "nuestro

    dulce Cristo germnico como sus oponentes catlicos y protestantes que

    perciban en su persona los rasgos del anticristo, perciban todos con una

    misma exactitud -aunque divergiendo en la interpretacin que facilitaban

    respectivamente- esta voluntad cristomtrica que apareca sin equvoco

    en tantas actitudes y discursos hitlerianos.

    A este respecta, la insistencia en el carcter, neo-pagano, del

    nacional-socialismo ha podido constituir un factor de desorientacin para

    ms de un historiador. La rehabilitacin del germanismo pagano durante

    el Tercer Reich es algo incontrovertible, al igual que la polmica contra el

    cristianismo, religin percibida como no-heroica y, en tanto que tal,

    inadaptada al pueblo alemn. Pero, por regla general, se trataba siempre

    de consignas de propaganda, ideolgicamente superficiales y dispersas,

    aunque obsesivamente recuperadas a nivel de propaganda y que no

    llevaron jams a un intento serio de reforma tica y cultural. Se trat en

    el fono de un nostalgismo wagneriano, revestido de sensibilidad

    romntica, y sobre el cual se apoyaba una no menos superficial

    glorificacin nietzscheana de la voluntad de poder; el todo se resuma (ya

    que el racismo y el militarismo hitlerianos tenan otras races ms

    concretas) en un neo-germanismo esttico y arqueolgico que tena poca

    incidencia sobre la vida y las costumbres, no digamos siquiera de los

    alemanes en general, sino de los cuadros mismos del NSDAP,

    anticlericales tanto c...

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