Zola Emile - Los Rougon Macquart 16 - El Sueño

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    30-Nov-2015

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Zola, mile - Los Rougon-Macquart 16 - El sueo [R1]

mile Zola El sueo

EL SUEO

Los Rougon-Maquart 16

**mile Zola**Presentacin, traduccin, apndice y notas:

Manuel Pedraza LabordaIlustracin:

Carloz SchwabeANAYA

La presente obra es traduccin directa e integra del original francs en su primera edicin,

prepublicada en La Revue illustre del 1 de abril al el 15 de octubre de 1888,

y editada en forma de libro por G. Charpentier, Pars, en octubre del mismo ao.

Las ilustraciones, originales de Carloz Schwabe,

fueron realizadas para la edicin de Marpon et Flammarion, Pars, 1892.

Diseo: Rolando & Memlsdorff, Barcelona

Cubierta: Jos Mara Ponce

Grabado del autor: Jos Mara Ponce

Ttulo original:

Le Rve, Pars, 1888

De la traduccin y del apndice: Manuel Pedraza Laborda, 1998 De esta edicin: Grupo Anaya, S. A., 1998 Juan Ignacio Luca de Tena, 15. 28027 Madrid

1. edicin, abril 1998

ISBN: 84-207-8449-4

Depsito legal: M. 15.144/1998

Impreso en ANZOS, S. A.

La Zarzuela, 6

Polgono Industrial Cordel de la Carrera

Fuenlabrada (Madrid)

Impreso en Espaa - Printed in SpainEdicin digital: Adrastea, Noviembre 2007

ndice 6PRESENTACIN

10Captulo I

22Captulo II

40Captulo III

57Captulo IV

70Captulo V

85Captulo VI

98Captulo VII

108Captulo VIII

121Captulo IX

134Captulo X

145Captulo XI

158Captulo XII

168Captulo XIII

181Captulo XIV

APNDICE191

191La poca

191La Monarqua de julio (1830-1848)

192Los efectos de la revolucin industrial

192El triunfo del Romanticismo

193La expansin colonial

193La II Repblica: de febrero de 1848 a diciembre de 1851

193Luis Napolen Bonaparte, presidente de la Repblica

194El Segundo Imperio (1852 1870)

194poca de grandes transformaciones

195La cuestin obrera

195Poltica exterior

195Apertura poltica

196Fracaso en Mxico

196Relaciones con Prusia

196Se proclama la III Repblica

197Sublevacin de 1871 y Semana sangrienta

197La Constitucin de 1875

197Reforma escolar y enfrentamiento con la Iglesia

198Nueva expansin colonial

198El asunto Dreyfus

199La Confederacin General del Trabajo

200El autor

200Sus padres

200Primeros estudios y primeros amigos

201Traslado a Pars y aos difciles

201Fracaso escolar, lecturas y composiciones

201Trabaja en Hachette y publica en la prensa

202Publica sus primeras obras narrativas

202Un autor polifactico

202Amigo y defensor de los pintores rechazados en los salones oficiales

203Publica su primera novela naturalista

203El ciclo de Los Rougon-Macquart

204Novelas basadas en la propia experiencia y en una minuciosa investigacin

204Amigo de Flaubert y Paul Alexis

204El autor se ve inmerso en los sucesos polticos del momento

205Firma contrato con el editor Charpentier

205Clamoroso xito con La taberna

205Su fama se extiende por el extranjero

206Estreno de la adaptacin de Germinal

206Rompe con Czanne, pero recibe la Legin de Honor

206Estreno de la versin lrica de El sueo

206Concluye el ciclo de Los Rougon-Macquart

207Comienza un nuevo ciclo de novelas

207Zola es enjuiciado y huye a Inglaterra

208Fallece en extraas circunstancias

208Sus restos son trasladados al Panten

209La Obra

209Trabajador infatigable

209Un mtodo de trabajo sistemtico

210Estudios preparatorios de El sueo

210Las fuentes de la obra

212Las estructura

212Su publicacin

213Una obra controvertida

213La lucha perpetua entre el sueo, el ideal y la realidad

214Recuerdos infantiles

215Personajes moralmente fuertes y personajes frgiles y vulnerables

216Insistir en que el sueo es locura

216La versin lrica de El sueo

217El sueo en el cine

218BIBLIOGRAFA

PRESENTACINEsta nueva obra de mile Zola nos confirma lo que ya pensbamos haca tiempo a su respecto: que este adalid de la escuela naturalista es, ante todo, un poeta.

Eugne Asse

(Artculo publicado en La Revue Internationale)Espero, amable lector, que, al leer esta obrita que su autor quera poner en todas las manos, independientemente de la edad y el sexo del lector, sientas vibrar en ti la misma emocin que embargaba a Anglique cuando senta pasar junto a ella el roce de Ins, su santa protectora. No es sta, al menos en apariencia, una obra tpica de Zola, con su halo de misticismo y su mgica atmsfera habitada por los santos de la Leyenda dorada. Pero la huella negativa que la herencia ha dejado en su protagonista, la influencia del medio en la evolucin del personaje, el inesperado desenlace que rompe el encanto de lo que pareca ser un cuento de hadas, las minuciosas descripciones diseminadas por toda ella son otros tantos elementos que nos recuerdan la personalidad de su autor, figura seera del naturalismo literario.Pocas veces fue un autor tan admirado y al mismo tiempo tan menospreciado, objeto de tantas censuras y desaprobaciones, como mile Zola. Ha sido siempre y sigue siendo un autor enormemente atacado y, aunque el favor del que sigue gozando entre el pblico lo desmiente, se le pronostic hace muchos aos que pronto pasara al olvido. Fue en vida y sigue siendo an uno de los escritores ms ledos. En cuanto se publicaban en Francia, sus obras se traducan en toda Europa y Amrica. Como hombre pblico era tan conocido que poda jactarse de que bastaba con dirigir una carta a mile Zola, Francia, para que sta le llegara puntualmente.Es El sueo una simbiosis entre unas descripciones extraordinariamente detalladas, fruto del trabajoso y arduo proceso de documentacin que Zola segua para redactar sus obras y que podran servir perfectamente como manuales especializados, por una parte, y el otro proceso, de enajenacin psicolgica ste, al que somete a la protagonista a la espera de la llegada de ese prncipe azul con que culminar su sueo.

Anglique entronca con otras heronas de la literatura del siglo XIX y no slo con otros personajes femeninos de Zola. Acaso no comparte sueos, sufrimientos, y hasta algn episodio concreto, aunque sea anecdtico, con Emma Bovary y con Ana Ozores?(((La traduccin de El sueo ofrece no pocas dificultades. En primer lugar las que plantea la terminologa utilizada en las descripciones artsticas y arquitectnicas, en las escenas religiosas y, sobre todo, para describir el oficio de bordador. En todos estos casos, Zola haba recurrido a una documentacin tan prolija, que ya en su poca fue motivo de acerbas crticas. En cuanto a las descripciones de la iglesia, sobre todo de su portada, de la casa de los Hubert y de las ruinas del castillo y en cuanto a la procesin y al sacramento de la extremauncin, por citar slo unos ejemplos, el obstculo puede parecer nimio. No ocurre lo mismo cuando se trata del taller y de los instrumentos del bordador, para los que slo con gran paciencia y esfuerzo he podida dar con equivalentes castellanos. Baste sealar que la famosa Enciclopedia o Diccionario razonado de las ciencias, las artes y los oficios, de Diderot y D'Alembert, que tanta atencin presta a los diferentes oficios, ofrece, en este caso, muchos menos detalles que Zola en El sueo.

Otro tipo de problema de traduccin lo encontramos en los pasajes de la Leyenda dorada, cuyos arcasmos no facilitan precisamente su lectura. En algn caso excepcional, la identificacin acertada de uno u otro de los personajes mencionados plantea dudas que se resuelven en las notas correspondientes.

No puedo dejar de sealar el especial uso de la puntuacin, en particular, el reiterado e insistente de la coma y del punto y coma; y el tambin repetido y constante empleo de adjetivos que en algunos casos forman pareja nica e indisociable, pgina tras pgina, con su compaero sustantivo.(((No quiero terminar sin dar las gracias a las personas que de una u otra forma han contribuido a que pusiera punto final a esta traduccin: a Pollux Hernez, traductor de Oliver Twist y de tantas otras obras, que me anim a iniciar sta y a continuarla; a Jos Mara Gonzlez Holguera, por su ayuda material; a Juan Navarro, por sus orientaciones en temas religiosos; a Iigo Valverde, traductor de Miguel Strogoff, y a Miguel ngel Navarrete, que verti al espaol Veinte mil leguas de viaje submarino, por sus aclaraciones y consejos; y a Emilio Pascual, a quien nunca podr agradecer como se merece la infinita paciencia que ha tenido conmigo.

Hoy recuerdo especialmente a Clemente, que nos abandon un 20 de junio como ste, hace ya muchos aos, a Cndido y a Luisa, que ya no leern esta novela. S la leern algn da Diego y Javier, que durante todo este tiempo me han acompaado con sus juegos, sus risas y sus llantos, y Charo, que me ha dado aliento y amor.Manuel Pedraza Laborda

Captulo IDurante el duro invierno de 1860, el Oise se hel, las llanuras de la baja Picarda quedaron cubiertas por grandes nevadas y, sobre todo, lleg una borrasca del Nordeste que casi sepult la ciudad de Beaumont el da de Navidad. La nieve, que ya haba empezado a caer por la maana, arreci por la tarde y se fue acumulando durante toda la noche. Empujada por el viento, se precipitaba en la parte alta de la ciudad, en la calle de los Orfebres, en cuyo extremo se encuentra como encajada la fachada norte del crucero de la catedral, y golpeaba la puerta de santa Ins, la antigua portada romnica, ya casi gtica, decorada con numerosas esculturas bajo la desnudez del hastial. Al da siguiente, al alba, casi alcanzaba en ese lugar una altura de tres pies.

La calle an dorma, emperezada por la fiesta de la vspera. Dieron las seis. En las tinieblas, azuladas por la cada lenta e insistente de los copos, slo daba seales de vida una forma indecisa, una nia de nueve aos que, refugiada bajo las arquivoltas de la portada, haba pasado all la noche tiritando y resguardndose lo mejor que pudo. Iba cubierta de andrajos y tena la cabeza envuelta en un jirn de pauelo, y los pies, desnudos dentro de unos grandes zapatos de hombre. Seguramente, haba ido a parar a aquel lugar despus de haber estado recorriendo la ciudad durante mucho tiempo, ya que haba cado all de puro cansancio. Para ella, era el fin del mundo, pues ya no le quedaba nadie ni nada, el abandono final, el hambre que corroe, el fro que mata; en su debilidad, ahogada por la pesada carga que oprima su corazn, dejaba de luchar, y, cuando una rfaga de viento arremolinaba la nieve, no le quedaba sino el alejamiento fsico, el instinto de cambiar de lugar, de hundirse en aquellas viejas piedras.

Pasaban las horas. Durante mucho tiempo, haba estado apoyada entre el doble batiente de los dos vanos gemelos, en el entrepao, cuyo pilar sustenta una estatua de santa Ins, la mrtir de trece aos, una nia como ella, con la palma y un cordero a sus pies. En el tmpano, encima del dintel, se desarrollaba en altorrelieve, con una fe ingenua, la leyenda entera de la virgen nia, prometida a Jess: cmo sus cabellos, que crecieron y la cubrieron como un vestido cuando el gobernador, a cuyo hijo rechazaba, la envi desnuda a lugares infames; cmo las llamas de la hoguera que, apartndose de sus miembros, quemaron a los verdugos en cuanto stos encendieron el fuego; los milagros obrados por sus huesos, como el de Constancia, la hija del emperador, curada de la lepra; y los de una de sus representaciones pictricas, as el del sacerdote Paulino, atormentado por el deseo de tomar mujer, mostrando a la imagen, por consejo del Papa, el anillo adornado con una esmeralda; la imagen extendi entonces el dedo y, cuando lo retir, conserv el anillo que todava se puede ver en ella, liberando de esa manera a Paulino. En la parte superior del tmpano, en una aureola, Ins es recibida finalmente en el cielo, donde su prometido, Jess, la desposa, pequeita y jovencsima, dndole el beso de las delicias eternas.

Pero, cuando el viento enfilaba la calle, la nieve golpeaba de frente y los montones blancos amenazaban con bloquear el umbral. Entonces la nia se resguardaba a los lados, apretndose contra las vrgenes colocadas encima del estilbato del derrame. Estas vrgenes son las compaeras de Ins, las santas que la escoltan: tres a su derecha: Dorotea, alimentada en la crcel con un pan milagroso; Brbara, que vivi encerrada en una torre; Genoveva, cuya virginidad salv Pars; y tres a su izquierda: gueda, con los senos retorcidos y arrancados; Cristina, torturada por su padre, a quien arroj a la cara un trozo de su propia carne; y Cecilia, amada por un ngel. Por encima de ellas, an ms vrgenes, tres apretadas filas de vrgenes, ascendan con los arcos de las dovelas y adornaban las tres arquivoltas con una floracin de carnes triunfantes y castas, abajo martirizadas y trituradas en los suplicios, arriba acogidas por un grupo de querubines, arrobadas de xtasis en medio de la corte celestial.

Nada la protega ya desde haca tiempo cuando dieron las ocho y aument la luz del da. De no haber sido pisoteada, la nieve le habra llegado hasta los hombros. Por detrs de ella, tapizaba la antigua puerta, como con un manto de armio, blanca como un altar, en la parte inferior de la fachada gris, tan desnuda y lisa que ni un copo se fijaba en ella. Cubra sobre todo las grandes imgenes de santas del derrame, blancas de los pies a los cabellos, resplandecientes de candor. Ms arriba, las escenas del tmpano y las pequeas imgenes de santas de las arquivoltas sobresalan formando aristas afiladas, dibujadas con un trazo de claridad sobre el fondo oscuro; y as hasta el arrobamiento final, la boda de Ins que los arcngeles parecan celebrar bajo una lluvia de rosas blancas. De pie en su pilar, con su palma blanca y su cordero blanco, la imagen de la virgen nia tena una pureza blanca, un cuerpo de nieve inmaculado en la inmvil rigidez del fro, que helaba alrededor de ella la elevacin mstica de la virginidad victoriosa. Y, a sus pies, la otra, la nia miserable, tambin blanca de nieve, tan rgida y blanca que pareca convertirse en piedra, ya no se distingua de las grandes vrgenes.Entre tanto, un postigo le hizo levantar la vista al cerrarse de golpe en la fila de las fachadas dormidas. Estaba a su derecha, en el primer piso de la casa contigua a la catedral. All acababa de asomarse una mujer muy hermosa, morena oscura, de unos cuarenta aos, quien, a pesar de la terrible helada, dej fuera su brazo desnudo durante un momento al ver a la nia moverse. Una sorpresa llena de compasin entristeci su rostro tranquilo. Despus, con un escalofro, cerr la ventana. Se llev consigo la visin rpida, bajo el jirn de pauelo, de una muchacha rubia, de ojos de color violeta, de rostro alargado, el cuello, sobre todo, muy largo, con la elegancia de una azucena, sobre unos hombros cados; pero, amoratada de fro, con las manitas y los piececitos medio muertos, sin ms vida ya que el leve vaho de su aliento.La nia se haba quedado mirando con un gesto mecnico hacia arriba, a la casa, una casa estrecha de un solo piso, muy antigua, edificada hacia finales...