Zola Emile - Therese Raquin

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    21-Jun-2015

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<p>Thrse Raquinmile Zola</p> <p>mile Thrse Raquin</p> <p>Zola</p> <p>PRLOGO A LA SEGUNDA EDICIN</p> <p>Pequ de ingenuo al pensar que esta novela poda prescindir de un prlogo. Acostumbrado a decir cuanto pienso en voz alta, e incluso a respaldar cuanto digo con los ms insignificantes detalles, albergaba la esperanza de que se me entendiera y se me enjuiciase sin precisar explicaciones previas. Al parecer, estaba en un error. La crtica ha recibido el presente libro con voz brutal y airada. Hay personas virtuosas que, en peridicos no menos virtuosos, han hecho una mueca de asco mientras lo cogan con unas tenazas para arrojarlo al fuego. Hasta las publicaciones literarias modestas, esas en que aparece todas las tardes la gaceta de alcobas y gabinetes privados, se han tapado la nariz, hablando de apestosa basura. No me quejo ni poco ni mucho de tal acogida, antes bien, me satisface mucho comprobar que mis colegas tienen los nervios sensibles de una jovencita. Es de todo punto evidente que mi obra pertenece a mis jueces, y que puede parecerles nauseabunda sin que me corresponda derecho alguno a protestar. De lo que me quejo es de que, a lo que me parece, ni uno de los pdicos periodistas a quienes se les han subido los colores al leer Thrse Raquin haya comprendido la novela. Es posible que se les hubieran subido an ms caso de haberla entendido; pero, al menos, podra yo estar ahora disfrutando de la ntima satisfaccin de su justificada repugnancia. Nada me resulta ms irritante que ver cmo unos honrados escritores denuncian la depravacin con grandes voces siendo as que tengo el hondo convencimiento de que no saben por qu dan esas voces. Me veo, pues, en la obligacin de tener que presentar personalmente mi obra a mis jueces. Voy a hacerlo en unas cuantas lneas, sin ms propsito que el de evitar en el futuro cualesquiera malas interpretaciones. En Thrse Raquin pretend estudiar temperamentos y no caracteres. En eso consiste el libro en su totalidad. Escog personajes sometidos por completo a la soberana de los nervios y la sangre, privados de libre arbitrio, a quienes las fatalidades de la carne conducen a rastras a cada uno de los trances de su existencia. Thrse y Laurent son animales irracionales humanos, ni ms ni menos. Intent seguir, paso a paso, en esa animalidad, el rastro de la sorda labor de las pasiones, los impulsos del instinto, los trastornos mentales consecutivos a una crisis nerviosa. Los amores de mis dos protagonistas satisfacen una necesidad; el asesinato que cometen es una consecuencia de su adulterio, consecuencia en la que consienten 3</p> <p>mile Thrse Raquin</p> <p>Zola</p> <p>de la misma forma en que los lobos consienten en asesinar corderos; y, por fin, lo que di en llamar su remordimiento no es sino un simple desarreglo orgnico o una rebelda del sistema nervioso sometido a una tensin extremada. No hay en todo ello ni rastros del alma, lo admito de buen grado, puesto que era mi intencin que no los hubiera. Espero que est empezando a quedar claro que mi meta era, sobre todo, una meta cientfica. Al crear a mis dos protagonistas, Thrse y Laurent, me complac en plantearme determinados problemas y en resolverlos; as fue como sent la tentacin de explicar la extraa unin que puede darse entre dos temperamentos diferentes; he mostrado las hondas alteraciones de una forma de ser sangunea al entrar en contacto con otra, nerviosa. Quien lea atentamente esta novela se dar cuenta de que cada uno de los captulos es el estudio de un caso fisiolgico peculiar. En pocas palabras, mi nico deseo era buscar el animal que reside en un hombre vigoroso y una mujer insatisfecha; en no ver, incluso, sino a ese animal; en meter a esos dos seres en un drama tempestuoso y tomar escrupulosa nota de sus sensaciones y comportamientos. Me he limitado a realizar, en dos cuerpos vivos, la tarea analtica que realizan los cirujanos en los cadveres. No se me negar que resulta muy duro, recin concluida tal labor, entregado an por completo a los juiciosos gozos de la indagacin de la verdad, tener que or acusaciones que me imputan el no haber aspirado sino a describir escenas colmadas de obscenidad. Me he visto en el mismo caso que esos pintores que copian desnudos sin que el deseo los roce ni por asomo y se sorprenden a ms no poder cuando algn crtico se escandaliza ante la carne viva que muestra su obra. Mientras estaba escribiendo Thrse Raquin, me olvid del mundo, me sum en la tarea de copiar la vida con precisa minuciosidad, me entregu por entero al anlisis de la maquinaria humana. Y puedo asegurar que en los crueles amores de Thrse y Laurent no haba para m nada inmoral, nada que pudiera animar a caer en desviadas pasiones. Se esfumaba la categora humana de los modelos, de la misma forma que se esfuma una mujer desnuda para la mirada del artista ante el que se halla tendida, y ste slo piensa en plasmar a esa mujer en el lienzo con formas y colores verdaderos. Grande fue mi sorpresa, por lo tanto, al or cmo se tildaba a mi obra de charco de cieno y sangre, de alcantarilla, de inmundicia y a saber de cuntas cosas ms. Conozco a fondo el lindo juego de la crtica, yo tambin he jugado a l; pero admito que la unanimidad del ataque me ha sorprendido un tanto. Cmo! Ni uno de mis colegas ha sido capaz no ya de defender mi libro sino de explicarlo! Entre el concierto de voces que se alzaban para gritar: El autor de Thrse Raquin es un miserable histrico que se complace en describir escenas pornogrficas con todo lujo de detalles, he esperado en vano otra voz que respondiese: No; ese escritor no es sino un analista que quiz se ha demorado en el examen de la podredumbre humana, pero lo ha hecho de la misma forma en que un mdico se demora en una sala de diseccin. 4</p> <p>mile Thrse Raquin</p> <p>Zola</p> <p>Que quede claro que no solicito ni poco ni mucho la simpata de la prensa para una obra que, a lo que dice, asquea sus delicados sentidos. No aspiro a tanto. Lo nico que me sorprende es que mis colegas me hayan convertido en algo as como un pocero literario, siendo as que a sus expertos ojos deberan bastarles diez pginas para reconocer las intenciones de un novelista; me conformo con rogarles humildemente que tengan a bien, en el futuro, verme tal y como soy y ponerme en tela de juicio por lo que soy. Era fcil, empero, entender Thrse Raquin, situarse en el terreno de la observacin y el anlisis, hacerme ver mis verdaderos errores, sin necesidad de recoger un puado de barro y arrojrmelo a la cara en nombre de la moral. Para oficiar de crtico digno de tal nombre, se precisaba cierta dosis de inteligencia y cierta perspectiva. Cuando de ciencia se trata, el reproche de inmoralidad no tiene razn de ser. No s si mi novela es inmoral, admito que nunca me preocup el hecho de que fuese ms o menos casta. Lo que s s es que ni por un momento tuve la intencin de poner en ella esa suciedad que han visto las personas de escrupulosa moralidad. Se debe ello a que escrib todos sus episodios, incluso los ms febriles, sin ms curiosidad que la del cientfico. Y desafo a mis jueces a que hallen ni una sola pgina realmente licenciosa, escrita para los lectores de esos libritos rosa, de esas indiscreciones de alcoba y bastidores, de los que se editan diez mil ejemplares y que recomiendan fervorosamente los mismos peridicos que han sentido nuseas ante las verdades de Thrse Raquin. Unos cuantos insultos, muchas simplezas, eso es, pues, lo que he ledo hasta el da de hoy acerca de mi obra. Lo digo aqu con total tranquilidad, como se lo dira a un amigo que me preguntase, en la intimidad, lo que pienso de la postura de la crtica en lo que a m se refiere. Un escritor de gran talento, al que me quej de la escasa simpata con que me he topado, me respondi con estas profundas palabras: Tiene usted un defecto que le va a ir cerrando todas las puertas: no puede charlar ni dos minutos con un imbcil sin hacerle notar que es imbcil. Debe de ser cierto. Soy consciente de cunto me perjudico a m mismo, en lo tocante a la crtica, al acusarla de falta de capacidad de comprensin. Y, no obstante, no puedo por menos de dejar constancia del desdn que me inspira su limitado horizonte y los juicios que lanza a ciegas, sin capacidad de mtodo alguno. Me estoy refiriendo, por descontado, a la crtica corriente, a esa que juzga recurriendo a todos los prejuicios literarios de los necios y no consigue alcanzar el punto de vista dilatadamente humano que requiere la comprensin de una obra humana. Nunca he visto tamaa torpeza. Los raquticos puetazos que la crtica de poca monta me ha lanzado al publicarse Thrse Raquin se han perdido, como suele suceder, en el vaco. En gran medida golpea en falso, al aplaudir los trenzados de piernas de una actriz de rostro enharinado para acusar, luego, de inmoralidad, con grandes clamores, un estudio psicolgico; al no entender nada; al no querer entender nada; al repartir mandobles cuando su atemorizada estupidez le ordena que los reparta. Es exasperante recibir un vapuleo por un pecado que no se ha cometido. Hay veces en que lamento no haber escrito obscenidades; creo que 5</p> <p>mile Thrse Raquin</p> <p>Zola</p> <p>tolerara de buen grado que me diesen una paliza merecida, mas no esta granizada que me cae encima tontamente, como una lluvia de tejas, sin saber ni por qu s ni por qu no. Apenas si hay, en nuestros das, dos o tres hombres capaces de leer, entender y juzgar un libro. De ellos consiento en recibir lecciones, pues estoy convencido de que cuanto digan lo harn tras haber calado en mis intenciones y valorado los resultados de mi esfuerzo. Se guardaran muy mucho de decir estas palabras huecas: moralidad y pudor literario. Me reconoceran el derecho, en estos tiempos de libertad artstica, de tomar mis argumentos en donde me plazca y no me pediran sino obras formales, pues saben que slo la necedad resulta perjudicial para la dignidad de las letras. Por descontado que el anlisis que he intentado realizar en Thrse Raquin no los sorprendera; veran en l ese sistema moderno, esa herramienta de investigacin universal a la que recurre con entusiasmo nuestro siglo para taladrar el camino del futuro. Fueran cuales fuesen sus conclusiones, daran por bueno mi punto de partida, l estudio del temperamento y las hondas modificaciones del organismo sometido al apremio de los ambientes y las circunstancias. Me hallara frente a jueces verdaderos, frente a hombres que buscan la verdad de buena fe, sin puerilidad ni falsas vergenzas, y no se sienten en la obligacin de manifestar asco ante el espectculo de unos ejemplares anatmicos desnudos y vivos. La investigacin sincera lo purifica todo, igual que el fuego. Cierto es que, ante un tribunal como este que me complazco en imaginar ahora, sera mi obra muy humilde; solicitara yo toda la severidad de los jueces; querra que saliese de sus manos negra de tachaduras. Pero habra tenido, al menos, la gran alegra de ver que me criticaban por lo que he intentado hacer, y no por lo que no he hecho. Me parece estar oyendo ya la sentencia de la crtica de altura, de esa crtica metdica y naturalista que ha renovado las ciencias, la historia y la literatura: Thrse Raquin es el estudio de un caso excepcional en demasa; el drama de la vida moderna es ms dctil, se halla menos preso del horror y la locura. Casos as hay que dejarlos, en las creaciones literarias, en segundo plano. El deseo de no desaprovechar ninguno de los elementos de sus observaciones ha impulsado al autor a destacar todos y cada uno de los detalles, lo que ha dado al conjunto de la obra tensin y acritud an mayores. Por lo dems, carece el estilo de la sencillez que exige una novela analtica. Sera menester, en resumidas cuentas, para que el escritor consiguiese ahora buenos resultados, que contemplase la sociedad desde un punto de vista ms amplio, que describiese sus numerosos y variados aspectos y, sobre todo, que utilizase una lengua clara y espontnea. Pretenda responder en veinte lneas a unos ataques exasperantes por su ingenua mala fe, y me doy cuenta de que he comenzado a conversar conmigo mismo, como me sucede siempre que me quedo demasiado rato con la pluma en la mano. Lo dejo aqu, pues s que es cosa que no agrada a los lectores. Si hubiese tenido voluntad de escribir un manifiesto y tiempo para hacerlo, quiz habra 6</p> <p>mile Thrse Raquin</p> <p>Zola</p> <p>intentado defender eso que denomin un periodista, al hablar de Thrse Raquin, literatura ptrida. Mas para qu? El grupo de escritores naturalistas al que tengo el honor de pertenecer cuenta con coraje suficiente para crear obras fuertes que se defienden solas. Es precisa toda la voluntaria ceguera de cierta crtica para que un novelista se sienta obligado a escribir un prlogo. Ya que, por amor a la transparencia, me he decidido a hacerlo, solicito la indulgencia de las personas inteligentes que no necesitan, para ver las cosas con claridad, que nadie les encienda un farol en pleno da. MILE ZOLA 15 de abril de 1868</p> <p>7</p> <p>mile Thrse Raquin</p> <p>Zola</p> <p>CAPTULO I</p> <p>Al final de la calle de Gungaud, segn se viene de los muelles, est el pasadizo de Le Pont-Neuf, un a modo de estrecho pasillo sombro que va de la calle Mazarine a la calle de Seine. Tiene este pasadizo, a lo ms, treinta pasos de largo por dos de ancho; es su pavimento de baldosas amarillentas, desgastadas, flojas, que rezuman siempre una agria humedad; lo cubre una cristalera cortada en ngulo recto y negra de mugre. En los das hermosos del verano, cuando un sol de justicia abrasa las calles, una blanquecina claridad entra por los cristales sucios y resbala mseramente por el pasadizo. En los desapacibles das de invierno, en las maanas de niebla, esos cristales slo arrojan tinieblas sobre el pavimento viscoso, unas tinieblas sucias e infames. A la izquierda, se ahondan unos comercios oscuros, bajos de techo, agobiantes, de los que escapan hlitos de cripta. Hay en ellos libreros de viejo, jugueteros, cartoneros, cuya mercanca expuesta, gris de polvo, duerme, imprecisa, en la sombra; los escaparates son de cuadrados de cristal pequeos y prestan extraos reflejos verdosos de muar a los artculos; tras ellos, las tiendas, colmadas de oscuridad, son otros tantos agujeros lgubres en los que bullen curiosas formas. A la derecha, corre por toda la longitud del pasadizo un muro contra el que los tenderos de enfrente han adosado armarios estrechos; all se ven objetos sin nombre, efectos olvidados desde hace veinte aos, alineados en unas baldas delgadas, de un espantoso color pardo. Una vendedora de bisutera busc acomodo en uno de esos armarios, en el que despacha sortijas de setenta y cinco cntimos, primorosamente colocadas en una caja de caoba forrada de terciopelo azul. Ms arriba de la cristalera, el muro sigue subiendo, negro, toscamente enfoscado, como cubierto de lepra y lleno de costurones. El pasadizo de Le Pont-Neuf no es lugar de paseo. Quienes toman por l lo hacen para evitar un rodeo y ganar unos pocos minutos. Pasa por all un pblico de personas atareadas, cuya nica preocupacin es ir deprisa y sin desviarse. Hay aprendices con delantales de trabaj...</p>