Diez cuentos imprescindibles

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    20-Jun-2015

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Diez cuentos imprescindibles

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  • 1. ()-Te llevar a Tonaya.-Bjame.Su voz se hizo quedita, apenas murmuraba:-Quiero acostarme un rato.-Durmete all arriba. Al cabo te llevo bien agarrado.La luna iba subiendo, casi azul, sobre un cielo claro. Lacara del viejo, mojada en sudor, se llen de luz. Escondilos ojos para no mirar de frente, ya que no poda agacharla cabeza agarrotada entre las manos de su hijo.-Todo esto que hago, no lo hago por usted. Lo hago porsu difunta madre. Porque usted fue su hijo. Por eso lohago. Ella me reconvendra si yo lo hubiera dejado tiradoall, donde lo encontr, y no lo hubiera recogido parallevarlo a que lo curen, como estoy hacindolo. Es ella laque me da nimos, no usted. Comenzando porque austed no le debo ms que puras dificultades, purasmortificaciones, puras vergenzas.Sudaba al hablar. Pero el viento de la noche le secaba elsudor. Y sobre el sudor seco, volva a sudar.

2. Como se salv Wang FoMarguerite Yourcenar (1903- 1987) ()-Me preguntas qu es lo que has hecho,viejo Wang-Fo? dijo el Emperador.Mi padre haba reunido una coleccin de tuspinturas en la habitacin ms secreta del palacio,pues era de la opinin que los personajes de loscuadros deben ser sustrados a la vista de losprofanos, en cuya presencia no pueden bajar losojos. En esos salones fui educado, viejo Wang-Fo,porque haban organizado la soledad a mialrededor, para permitirme crecer en ella. Con elpropsito de evitar a mi candor la salpicadura de lasalmas, haban alejado de m el oleaje agitado demis futuros sbditos; y no le estaba permitido anadie pasar frente al umbral de mi morada, portemor de que la sombra de aquel hombre o deaquella mujer se extendiera hasta m. ()Por lanoche, cuando no lograba dormir, contemplaba tuscuadros, y, durante casi diez aos, los mir todaslas noches. 3. l tambin tena hambre. Haca tres das justosque no coma, tres largos das. Y ms por timidezy vergenza que por orgullo, se resista a pararsedelante de las escalas de los vapores, a las horasde comida, esperando de la generosidad de losmarineros algn paquete que contuviera restos deguisos y trozos de carne. No poda hacerlo, nopodra hacerlo nunca. Y cuando, como es el casoreciente, alguno le ofreca sus sobras, lasrechazaba heroicamente, sintiendo que la negativaaumentaba su hambre.Seis das haca que vagaba por las callejuelas ymuelles de aquel puerto. Lo haba dejado all unvapor ingls procedente de Punta Arenas. ()Estaba posedo por la obsesin del mar, que tuercelas vidas ms lisas y definidas como un brazopoderoso una delgada varilla. 4. () Nosotros somos como la higuerilla, comoesa planta salvaje que brota y se multiplica en loslugares ms amargos y escarpados. Vanla cmocrece en el arenal, sobre el canto rodado, en lasacequias sin riego, en el desmonte, alrededor delos muladares. Ella no pide favores a nadie, pidetan solo un pedazo de espacio para sobrevivir. Nole dan tregua el sol ni la sal de los vientos delmar, la pisan los hombres y los tractores, pero lahiguerilla sigue creciendo, propagndose,alimentndose de piedras y de basura. Por esodigo que somos como la higuerilla, nosotros, lagente del pueblo. All donde el hombre de lacosta encuentra una higuerilla, all hace su casaporque sabe que all podr tambin l vivir.Nosotros la encontramos al fondo del barranco,en los viejos baos de Magdalena. Venamoshuyendo de la ciudad como bandidos porque losescribanos y los policas nos haban echado dequinta en quinta y de corraln en corraln. 5. ( ) El hecho es que soy nico. No me interesa loque un hombre pueda trasmitir a otros hombres; comoel filsofo, pienso que nada es comunicable por el artede la escritura. Las enojosas y triviales minucias notienen cabida en mi espritu, que est capacitado paralo grande; jams he retenido la diferencia entre unaletra y otra. Cierta impaciencia generosa no haconsentido que yo aprendiera a leer. A veces lodeploro porque las noches y los das son largos.Claro que no me faltan distracciones. Semejante alcarnero que va a embestir, corro por las galeras depiedra hasta rodar al suelo, mareado. Me agazapo a lasombra de un aljibe o a la vuelta de un corredor yjuego a que me buscan. Hay azoteas desde las que medejo caer, hasta ensangrentarme. A cualquier horapuedo jugar a estar dormido, con los ojos cerrados y larespiracin poderosa. 6. () -Qu te pasa? Te veo inquieta y pensativa desde hace tresdas.Y ella respondi:-Me disgusta no tener ni una alhaja, ni una sola joya que ponerme.Parecer, de todos modos, una miserable. Casi, casi me gustarams no ir a ese baile.()-No hay nada tan humillante como parecer una pobre en mediode mujeres ricas.Pero su marido exclam:-Qu tonta eres! Anda a ver a tu compaera de colegio, la seorade Forestier, y rugale que te preste unas alhajas. Eres bastanteamiga suya para tomarte esa libertad.La mujer dej escapar un grito de alegra.-Tienes razn, no haba pensado en ello.Al siguiente da, fue a casa de su amiga y le cont su apuro.La seora de Forestier fue a un armario de espejo, cogi uncofrecillo, lo sac, lo abri y dijo a la seora de Loisel:-Escoge, querida.Primero vio brazaletes; luego, un collar de perlas; luego, una cruzveneciana de oro, y pedrera primorosamente construida. () Derepente descubri, en una caja de raso negro, un soberbio collar debrillantes, y su corazn empez a latir de un modo inmoderado.Sus manos temblaron al tomarlo. Se lo puso, rodeando con l sucuello, y permaneci en xtasis contemplando su imagen. 7. () Fui a la cocina, calent la pavita, y cuando estuve de vueltacon la bandeja del mate le dije a Irene:-Tuve que cerrar la puerta del pasillo. Han tomado parte delfondo.Dej caer el tejido y me mir con sus graves ojos cansados.-Ests seguro?Asent.-Entonces -dijo recogiendo las agujas- tendremos que vivir eneste lado.() Los primeros das nos pareci penoso porque amboshabamos dejado en la parte tomada muchas cosas quequeramos. Mis libros de literatura francesa, por ejemplo, estabantodos en la biblioteca. Irene pens en una botella de Hesperidinade muchos aos. Con frecuencia (pero esto solamente sucedi losprimeros das) cerrbamos algn cajn de las cmodas y nosmirbamos con tristeza.-No est aqu.Y era una cosa ms de todo lo que habamos perdido al otro ladode la casa. 8. () El padre echa una ojeada a su mueca: las doce. Ylevanta los ojos al monte. Su hijo deba estar ya de vuelta. Enla mutua confianza que depositan el uno en el otro -el padrede sienes plateadas y la criatura de trece aos-, no seengaan jams. Cuando su hijo responde: "S, pap", har loque dice. Dijo que volvera antes de las doce, y el padre hasonredo al verlo partir. Y no ha vuelto.El hombre torna a su quehacer, esforzndose en concentrar laatencin en su tarea. Es tan fcil, tan fcil perder la nocin dela hora dentro del monte, y sentarse un rato en el suelomientras se descansa inmvil?El tiempo ha pasado; son las doce y media. El padre sale de sutaller, y al apoyar la mano en el banco de mecnica sube delfondo de su memoria el estallido de una bala de parabellum, einstantneamente, por primera vez en las tres transcurridas,piensa que tras el estampido de la Saint-tienne no ha odonada ms. No ha odo rodar el pedregullo bajo un pasoconocido. Su hijo no ha vuelto y la naturaleza se halladetenida a la vera del bosque, esperndolo.Oh! no son suficientes un carcter templado y una ciegaconfianza en la educacin de un hijo para ahuyentar elespectro de la fatalidad que un padre de vista enferma vealzarse desde la lnea del monte. Distraccin, olvido, demorafortuita: ninguno de estos nimios motivos que puedenretardar la llegada de su hijo halla cabida en aquel corazn. 9. () Nuestra amistad dur as varios aos, en elcurso de los cuales (enrojezco al confesarlo) mitemperamento y mi carcter se alteraronradicalmente por culpa del demonio. Intemperancia.Da a da me fui volviendo ms melanclico, irritablee indiferente hacia los sentimientos ajenos. Llegu,incluso, a hablar descomedidamente a mi mujer ytermin por infligirle violencias personales. Misfavoritos, claro est, sintieron igualmente el cambiode mi carcter. No solo los descuidaba, sino quellegu a hacerles dao. Hacia Plutn, sin embargo,conserv suficiente consideracin como paraabstenerme de maltratarlo, cosa que haca con losconejos, el mono y hasta el perro cuando, porcasualidad o movidos por el afecto, se cruzaban enmi camino. Mi enfermedad, empero, se agravaba -pues, qu enfermedad es comparable al alcohol?-, yfinalmente el mismo Plutn, que ya estaba viejo y,por tanto, algo enojadizo, empez a sufrir lasconsecuencias de mi mal humor. 10. () Algo sucedi entonces en la mente de Mara que lehizo entender por qu las mujeres del autobs se movancomo en el fondo de un acuario. En realidad estabanapaciguadas con sedantes, y aquel palacio en sombras,con gruesos muros de cantera y escaleras heladas, era enrealidad un hospital de enfermas mentales. Asustada,escap corriendo del dormitorio, y antes de llegar alportn una guardiana gigantesca con un mameluco demecnico la atrap de un zarpazo y la inmoviliz en elsuelo con una llave maestra. Mara la mir de travsparalizada por el terror.-Por el amor de Dios -dijo-. Le juro por mi madre muertaque slo vine a hablar por telfono.Le bast con verle la cara para saber que no haba splicaposible ante aquella energmena de mameluco a quienllamaban Herculina por su fuerza descomunal. Era laencargada de los casos difciles, y dos reclusas habanmuerto estranguladas con su brazo de oso polaradiestrado en el arte de matar por descuido. El primercaso se resolvi como un accidente comprobado. Elsegundo fue menos claro, y Herculina fue amonestada yadvertida de que la prxima vez sera investigada a fondo.La versin corriente era que aquella oveja descarriada deuna familia de apellidos grandes tena una turbia carrerade accidentes dudosos en varios manicomios de Espaa. 11. editorialimago@gmail.comeditorialimago.blogspot.comhttps:/www.facebook.com/editorial.imagoElaborado por Gloria Pachaspachas.gloria@gmail.com