Martin rivas

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    13-Jun-2015

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<ul><li> 1. MARTN RIVAS Alberto Blest Gana Al Seor Don Manuel Antonio Matta Mi querido Manuel: Por ms de un titulo te corresponde la dedicatoria de esta novela: ella ha visto la luz pblicaen las columnas de un peridico fundado por tus esfuerzas y dirigido por tu decisin y constancia ala propagacin y defensa de los principios liberales; su protagonista ofrece el tipo, digno de imitarse,de los que consagran un culto inalterable a las nobles virtudes del corazn, y, finalmente, miamistad quiere aprovechar esta ocasin de darte un testimonio de que al cario nacido en lainfancia se une ahora el profundo aprecio que inspiran la hidalgua y el patriotismo puestos alservicio de una buena causa con entero desinters. Recibe, pues, esta dedicatoria como una prenda de Id amistad sincera y del apreciodistinguido que te profesa tu afectsimoALBERTO BLEST GANA 1A principios del mes de julio de 1850 atravesaba la puerta de calle de una hermosa casa deSantiago un joven de veintids a veintitrs aos.Su traje y sus maneras estaban muy distantes de asemejarse a las maneras y al traje denuestros elegantes de la capital. Todo en aquel joven revelaba al provinciano que viene por primeravez a Santiago. Sus pantalones negros, embotinados por medio de anchas trabillas de becerro, a lausanza de los aos de 1842 y 43; su levita de mangas cortas y angostas; su chaleco de raso negrocon largos picos abiertos, formando un ngulo agudo, cuya bisectriz era la lnea que marca la tapadel pantaln; su sombrero de extraa forma y sus botines abrochados sobre los tobillos por mediode cordones negros componan un traje que recordaba antiguas modas, que slo los provincianoshacen ver de tiempo en tiempo, por las calles de la capital.El modo como aquel joven se acerc a un criado que se balanceaba, mirndole, apoyadoen el umbral de una puerta que daba al primer patio, manifestaba tambin la timidez del quepenetra en un lugar desconocido y recela de la acogida que le espera.Cuando el provinciano se hall bastante cerca del criado, que continuaba observndole, sedetuvo e hizo un saludo, al que el otro contest con aire protector, inspirado tal vez por la tristecatadura del joven.-Ser sta la casa del seor don Dmaso Encina? -pregunt ste con voz en la quepareca reprimirse apenas el disgusto que aquel saludo insolente pareci causarle.-Aqu es -contest el criado.-Podra usted decirle que un caballero desea hablar con l?A la palabra caballero, el criado pareci rechazar una sonrisa burlona que se dibujaba ensus labios.-Y cmo se llama usted? -pregunt con voz seca.-Martn Rivas -contest el provinciano, tratando de dominar su impaciencia, que no dej poresto de reflejarse en sus ojos.-Esprese, pues -djole el criado; y entr con paso lento a las habitaciones del interior.Daban en ese instante las doce del da.Nosotros aprovechamos la ausencia del criado para dar a conocer ms ampliamente al queacababa de decir llamarse Martn Rivas. 1</li></ul><p> 2. Era un joven de regular estatura y bien proporcionadas formas. Sus ojos negros, sin sergrandes, llamaban la atencin por el aire de melancola que comunicaban a su rostro. Eran dosojos de mirar apagado y pensativo, sombreados por grandes ojeras que guardaban armona con lapalidez de las mejillas. Un pequeo bigote negro, que cubra el labio superior y la lnea un pocosaliente del inferior, le daba el aspecto de la resolucin, aspecto que contribua a aumentar loerguido de la cabeza, cubierta por una abundante cabellera color castao, a juzgar por lo que sedejaba ver bajo el ala del sombrero. El conjunto de su persona tena cierto aire de distincin quecontrastaba con la pobreza del traje y haca ver que aquel joven, estando vestido con elegancia,poda pasar por un buen mozo a los ojos de los que no hacen consistir nicamente la belleza fsicaen lo rosado de la tez y regularidad perfecta de las facciones. Martn se haba quedado en el mismo lugar en que se detuvo para hablar con el criado, ydej pasar dos minutos sin moverse, contemplando las paredes del patio pintadas al leo y lasventanas que ostentaban sus molduras doradas a travs de las vidrieras. Mas luego, pareciimpacientarse con la tardanza del que esperaba, y sus ojos vagaron de un lugar a otro sin fijarse ennada. Por fin, se abri una puerta y apareci el mismo criado con quien Martn acababa de hablar. -Que pase para adentro -dijo al joven. Martn sigui al criado hasta una puerta, en la que ste se detuvo. -Aqu est el patrn -dijo, sealndole la puerta. El joven pas el umbral y se encontr con un hombre que, por su aspecto, pareca hallarse,segn la significativa expresin francesa, entre dos edades. Es decir, que rayaba en la vejez sinhaber entrado an en ella. Su traje negro, su cuello bien almidonado, el lustre de sus botas debecerro, indicaban al hombre metdico, que somete su persona, como su vida, a reglas invariables.Su semblante nada revelaba: no haba en l ninguno de esos rasgos caractersticos, tanprominentes en ciertas fisonomas, por los cuales un observador adivina en gran parte el carcterde algunos individuos. Perfectamente afeitado y peinado, el rostro y el pelo de aquel hombremanifestaban que el aseo era una de sus reglas de conducta. Al ver a Martn, se quit una gorra con que se hallaba cubierto y se adelant con una deesas miradas que equivalen a una pregunta. El joven la interpret as, e hizo un ligero saludo,diciendo: -El seor don Dmaso Encina? -Yo, seor, un servidor de usted -contest el preguntado. Martn sac del bolsillo de la levita una carta que puso en manos de don Dmaso, conestas palabras: -Tenga usted la bondad de leer esta carta. -Ah, es usted Martn exclam el seor Encina, al leer la firma, despus de haber roto elsello, sin apresurarse-. Y su padre de usted, cmo est? -Ha muerto contest Martn, con tristeza. -Muerto! -repiti, con asombro, el caballero. Luego, como preocupado de una idea repentina, aadi: -Sintese, Martn; dispnseme que no le haya ofrecido asiento; y esta carta?... -Tenga usted la bondad de leerla contest Martn. Don Dmaso se acerc a una mesa de escritorio, puso sobre ella la carta, tom unosanteojos que limpi cuidadosamente con su pauelo y coloc sobre sus narices. Al sentarse dirigila vista sobre el joven. -No puedo leer sin anteojos -le dijo a manera de satisfaccin por el tiempo que habaempleado en prepararse. Luego principi la lectura de la carta, que deca lo siguiente:Mi estimado y respetado seor:Me siento gravemente enfermo y deseo, antes que Dios me llame a su divino tribunal, recomendarle a mi hijo, que en breve ser el nico apoyo de mi desgraciada familia. Tengo muy cortos recursos, y he hecho mis ltimas disposiciones para que despus de mi muerte puedan mi mujer y mis hijos aprovecharlas lo mejor posible. Con los intereses de mi pequeo caudal tendr mi familia que subsistir pobremente para poder dar a Martn lo necesario hasta que concluya en Santiago sus estudios de abogado. Segn mis clculos, slo 2 3. podr recibir veinte pesos al mes, y como le sera imposible con tan mdica suma satisfacer sus estrictas necesidades, me he acordado de usted y atrevido a pedirle el servicio de que le hospede en su casa hasta que pueda por s solo ganar su subsistencia. Este muchacho es mi nica esperanza, y si usted le hace la gracia que para l humildemente solicito, tendr usted las bendiciones de su santa madre en la tierra y las mas en el cielo, si Dios me concede su eterna gloria despus de mi muerte. Mande a su seguro servidor, que sus plantas besa.JOSE RIVAS Don Dmaso se quit los anteojos con el mismo cuidado que haba empleado paraponrselos y los coloc en el mismo lugar que antes ocupaban. -Usted sabe lo que su padre me pide en esta carta? -pregunt, levantndose de suasiento. -S, seor contest Martn. -Y cmo se ha venido usted de Copiap? -Sobre la cubierta del vapor -contest el joven, como con orgullo. -Amigo -dijo el seor Encina-, su padre era un buen hombre y le debo algunos servicios queme alegrar de pagarle en su hijo. Tengo en los altos dos piezas desocupadas y estn a ladisposicin de usted. Trae usted equipaje? -S, seor. -Dnde est? -En la posada de Santo Domingo. -El criado ir a traerlo; usted le dar las seas. Martn se levant de su asiento y don Dmaso llam al criado. -Anda con este caballero y traers lo que l te d -le dijo. -Seor -dijo Martn-, no hallo cmo dar a usted las gracias por su bondad. -Bueno, Martn, bueno -contest don Dmaso; est usted en su casa. Traiga usted suequipaje y arrglese all arriba. Yo como a las cinco: vngase un poquito antes para presentarle ala seora. Martn dijo algunas palabras de agradecimiento y se retir. -Juana, Juana -grit don Dmaso, tratando de hacer pasar su voz a una pieza vecina-; queme traigan los peridicos.2La casa en donde hemos visto presentarse a Martn Rivas estaba habitada por una familiacompuesta de don Dmaso Encina, su mujer, una hija de diecinueve aos, un hijo de veintitrs ytres hijos menores, que por entonces reciban su educacin en el colegio de los padres franceses.Don Dmaso se haba casado a los veinticuatro aos con doa Engracia Nez, ms bienpor especulacin que por amor. Doa Engracia, en ese tiempo, careca de belleza, pero posea unaherencia de treinta mil pesos, que inflam la pasin del joven Encina hasta el punto de hacerlesolicitar su mano. Don Dmaso era dependiente de una casa de comercio en Valparaso y no tenams bienes de fortuna que su escaso sueldo. Al da siguiente de su matrimonio poda girar contreinta mil pesos. Su ambicin desde este momento no tuvo lmites. Enviado por asuntos de la casaen que serva, don Dmaso lleg a Copiap un mes despus de casarse. Su buena suerte quisoque, al cobrar un documento de muy poco valor que su patrn le haba endosado, Encina seencontrase con un hombre de bien que le dijo lo siguiente:-Usted puede ejecutarme: no tengo con qu pagar. Mas, si en lugar de cobrarme quiereusted arriesgar algunos medios, le firmar a usted un documento por valor doble que el de esa letray ceder a usted la mitad de una mina que poseo y que estoy seguro har un gran alcance en unmes de trabajo.Don Dmaso era hombre de reposo y se volvi a su casa sin haber dado ninguna respuestaen pro ni en contra. Consultse con varias personas, y todas ellas le dijeron que don Jos Rivas, sudeudor, era un loco que haba perdido toda su fortuna persiguiendo una veta imaginaria.Encina pes los informes y las palabras de Rivas, cuya buena fe haba dejado en su nimouna impresin favorable. 3 4. -Veremos la mina -le dijo al da siguiente.Pusironse en marcha y llegaron al lugar a donde se dirigan conversando de minas. DonDmaso Encina vea flotar ante sus ojos, durante aquella conversacin, las vetas, los mantos, losfarellones, los panizos, como otros tantos depsitos de inagotable riqueza, sin comprender ladiferencia que existe en el significado de aquellas voces. Don Jos Rivas tena toda la elocuenciadel minero a quien acompaa la fe despus de haber perdido su caudal, y a su voz vea Encinabrillar la plata hasta en las piedras del camino.Mas, a pesar de esta preocupacin, tuvo don Dmaso suficiente tiempo de arreglar en suimaginacin la propuesta que deba hacer a Rivas en caso de que la mina le agradase. Despus deexaminarla, y dejndose llevar de su inspiracin, Encina comenz su ataque:-Yo no entiendo nada de esto dijo-; pero no me desagradan las minas en general. Cdameusted doce barras y obtengo de mi patrn nuevos plazos para su deuda y quita de algunosintereses. Trabajaremos la mina a medias y haremos un contratito en el cual usted se obligue apagarme el uno y medio por los capitales que yo invierta en la explotacin y a preferirme por eltanto cuando usted quiera vender su parte o algunas barras.Don Jos se hallaba amenazado de ir a la crcel, dejando en el ms completo abandono asu mujer y a su hijo Martn, de un ao de edad.Antes de aceptar aquella propuesta, hizo, sin embargo, algunas objeciones intiles, porqueEncina se mantuvo en los trminos de su proposicin y fue preciso firmar el contrato bajo las basesque ste haba propuesto.Desde entonces don Dmaso se estableci en Copiap como agente de la casa decomercio de Valparaso, en la que haba servido y administr por su cuenta algunos otros negociosque aumentaron su capital. Durante un ao la mina coste sus gastos y don Dmaso compr pocoa poco a Rivas toda su parte, quedando ste en calidad de administrador. Seis meses despus decomprada la ltima barra. sobrevino un gran alcance, y pocos aos ms tarde don Dmaso Encinacompraba un valioso fundo de campo cerca de Santiago y la casa en que le hemos visto recibir alhijo del hombre a quien deba su riqueza.Gracias a sta, la familia de don Dmaso era considerada como una de las msaristocrticas de Santiago. Entre nosotros el dinero ha hecho desaparecer ms preocupaciones defamilia que en las viejas sociedades europeas. En stas hay lo que llaman aristocracia de dinero,que jams alcanza con su poder y su fausto a hacer olvidar enteramente la oscuridad de la cuna: alpaso que en Chile vemos que todo va cediendo su puesto a la riqueza, la que ha hecho palidecercon su brillo el orgulloso desdn con que antes eran tratados los advenedizos sociales. Dudamosmucho de que ste sea un paso dado hacia la democracia, porque los que cifran su vanidad en losfavores ciegos de la fortuna afectan ordinariamente una insolencia, con la que creen ocultar sunulidad, que les hace mirar con menosprecio a los que no pueden, como ellos, comprar laconsideracin con el lujo o con la fama de sus caudales.La familia de don Dmaso Encina era noble en Santiago por derecho pecuniario y, comotal, gozaba de los miramientos sociales por la causa que acabarnos de apuntar. Se distingua por elgusto hacia el lujo, que por entonces principiaba a apoderarse de nuestra sociedad, y aumentabasu prestigio con la solidez del crdito de don Dmaso, que tena por principal negocio el de la usuraen grande escala, tan comn entre los capitalistas chilenos.Magnfico cuadro formaba aquel lujo a la belleza de Leonor, la hija predilecta de donDmaso y de doa Engracia. Cualquiera que hubiese visto a aquella nia de diecinueve aos enuna pobre habitacin habra acusado de caprichosa a la suerte por no haber dado a tantahermosura un marco correspondiente. As es que al verla reclinada sobre un magnfico sof forradoen brocatel celeste, al mirar reproducida su imagen en un lindo espejo al estilo de la Edad Media, yal observar su pie, de una pequeez admirable, rozarse descuidado sobre una alfombra finsima, elmismo observador habra admirado la prodigidad de la naturaleza en tan feliz acuerdo con losfavores del destino. Leonor resplandeca rodeada de ese lujo como un brillante entre el oro ypedrenas de un rico aderezo. El color un poco moreno de su cutis y la fuerza de expresin de susgrandes ojos verdes, guarnecidos de largas pestaas; los labios hmedos y rosados, la frentepequea, limitada por abundantes y bien plantados cabellos negros; las arqueadas cejas, y losdientes, para los cuales pareca hecha a propsito la comparacin tan usada con las perlas; todassus facciones, en fin, con el valo delicado del rostro, formaban en su conjunto una belleza ideal, delas que hacen bullir la imaginacin de los jvenes y re...</p>